MIGRACIÓN MAZAHUA

Emigrantes en la ciudad de México: dos estudios

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Reseña comparativa de los estudios de Lourdes Arizpe y Alicia Iwanska acerca de familias mazahuas emigradas temporalmente a la ciudad de México en los años setenta del siglo XX.

Familia mazahua de Santo Domingo de Guzmán municipio de Ixtlahuaca, estado de México (Foto: CGM 1972)

 

Lourdes Arizpe Schlosser: Indígenas en la ciudad de México. El caso de las “Marías”, fts. Ruth Lechuga, Ignacio Manrique y…, México, Sría. de Educación Pública, Dir. Gral. de Educación Audiovisual y Divulgación, 157 p. fts. il. (Sep/Setentas, 182).

Alicja Iwanska: “¿Emigrantes o commuters? (Indios mazahuas en la ciudad de México)”. América indígena, trad. Teresita Hdez., México, Instituto Indigenista Interamericano, vol. xxxiii, abril-junio de 1973, núm. 2, pp. 457-69.

 

 

De tiempo atrás es conocida la tradición viajera y las migraciones temporales del pueblo mazahua, localizado en el estado de México y en parte del estado de Michoacán.[i] Una cifra conservadora sin comprobar en 1970 era de 25 000 mi­grantes, esto es, casi el 24% del total de hablantes de la lengua mazahua.[ii] Este fenómeno migratorio lo compartía con la vecina población no mazahua, pero su migración tenía un carácter más permanente y no temporal como era característico de las comunidades mazahuas.

A esto se le dedicó alguna atención. Existen dos artículos publicados en 1966, referentes a mazahuas que migraron a los Estados Unidos y a la ciudad de México.[iii] También unas no publicadas entrevistas con migrantes del municipio de Atlacomulco, estado de México, efectuadas en la zona de Xochimilco del Distrito Federal.[iv] Así como un breve artículo acerca de migrantes mazahuas en la ciudad de México y un estudio más extenso y detenido de la migración a la misma ciudad procedente de tres comunidades mazahuas y una otomí. De estos dos últimos trabajos presentamos aquí una breve reseña.[v]

 1.

 

 Alicja Iwanska, antropóloga de origen polaco, quien trabajó largamente con población mazahua, acerca de la cual escribió varios artículos y libros, era profesora de sociología en la Universidad Estatal de Nueva York cuando escribió el artículo “¿Emigrantes o commuters?”. [vi] En ese breve trabajo, Iwanska describió a migrantes mazahuas en la ciudad de México provenientes de una comunidad del municipio de Temascalcingo, Edo. de México. En ésta se habían sucedido cuatro corrientes migratorias modernas, todas temporales y dirigidas sobre todo hacia la ciudad de México. La primera, ocurrida en 1945, la protagonizaron los hijos de los ejidatarios de los años treinta del siglo xx, quienes imposibilitados de convertirse en nuevos ejidatarios, aprovecharon el auge económico de la época de posguerra. A esta primera corriente siguió la de 1955 hacia los Estados Unidos además de la ciudad de México, integrada por hombres casados pero solos, quienes salieron en busca de recursos casi siempre en la albañilería para invertir en la agricultura. A esta le sucedió la de los años sesenta, en masa, de adultos jóvenes, adolescentes y aun niños acompañantes, en busca de empleos tempora­les principalmente en la albañilería y la floricultura los hombres y en el servicio doméstico las mujeres. Finalmente, de la segunda mitad de los años sesenta hasta los años setenta se produjo la ultima ola migratoria siguiendo un nuevo patrón: la migración no solo de individuos sino de familias, las cuales rentaron o dieron “a medias” su parcela ejidal para salir por un año, regresar por unos meses y de nuevo repetir el proceso.

En 1972 la autora localizó emigrantes en el Distrito Federal, avecindados unos en la localidad de Puente Colorado en la zona de San Ángel y otros en las de San Gregorio y San Luis en la zona de Xochimilco. Los primeros ocupados en la albañilería, el arreglo del drenaje y como barrenderos; y los segundos, en la jardinería. Todas estas ocupaciones eran de baja remuneración y ocasionales, aunque una minoría contaba con empleo fijo.

La autora atribuyó el creciente aumento de la migración estacional a varias causas. Al incremento demográfico agravado por el hecho de que só1o un hijo de cada familia podía heredar la parcela ejidal. El creciente acceso a la nueva tecnología y a la educación, creadoras de necesidades nuevas. Así como al aumento en el costo de los gastos rituales. El deseo de lograr una “buena vida” —en términos de los mismos migrantes— consistía en lograr tomar cargos rituales, organizar una fiesta patronal, trabajar independientemente, no verse obligados a salir para trabajar, aprender tecnología moderna y viajar. De ahí su interés por ocupaciones temporales.

Ahora bien, cuando la comunidad corporada pero abierta, pasó a ser más abierta aún por la apertura de una carretera que facilitó la mi­gración en busca de recursos para la agricultura y los gastos rituales, algunos establecieron un verdadero segundo hogar en la ciudad sin abandonar sus tierras ni su hogar. Esto sucedió por problemas familiares en la comunidad, por haber contraído matrimonio exogámico o por verse facilitada la migración ya que se tenian múltiples conocidos en la ciudad. Sin embargo, no rompieron con su pueblo de origen, al cual regresaban periódicamente por semanas o meses y aun años. Se convirtieron más que en trabajadores estacionales o en emigrantes, en commuters. Este término, usado por la autora, es de difícil traducción pero literalmente significa “viajeros diarios”; en general se aplica a quienes viajan diariamente, en particular aquellos que lo hacen entre un hogar suburbano y un empleo urbano, pero Iwanska lo utiliza en un sentido más amplio.

Si bien la adaptación tradicional en la ciudad fue difícil, dada la dispersión de los emigrados, ellos no se desorganizaron socialmente y antes bien fortalecieron sus lazos familiares tendiendo a vivir en unidades domesticas más grandes que las de su comunidad. El matrimonio se prefirió entre ellos mismos y no con personas residentes en su pueblo pues se adaptaban con más facilidad a la vida urbana.

La autora enfatizó el carácter ocasional de los empleos, en los cuales se ocupaban tanto hombres como mujeres, su no proletarización y su preferencia por ocupaciones no supervisadas; y cuando lo fueron, tomadas sólo por un tiempo determinado. Aunque la autora describió el proceso histórico del fenómeno migratorio, en el artículo presentó un análisis parcial y superficial de los diferentes factores generadores del fenómeno migratorio, tanto de la ex­pulsión como de la atracción, su grado de importancia y sus interrelaciones. Ella prestó poca atención a la descripción de la situación socioeconómica en la comunidad de origen y en la ciudad. Un trabajo más sugerente en este sentido, fue el de Lourdes Arizpe.

 2.

 

 Lourdes Arizpe, antropóloga social mexicana —egresada de la Escuela Nacional de Antropología e Historia— con estudios de posgrado en la London School of Economics and Political Science y con varias publicaciones, era investigadora del Centro de Estudios Sociológicos del Colegio de México cuando su libro de bolsillo apareció.[vii] Había hecho investigación de campo en la Sierra Nahua de Puebla y en la region mazahua-otomí donde, en parte, obtuvo los materiales con los cuales redactó el trabajo Indígenas en la ciudad de México.[viii] Este estudio fue fruto de una investigación diseñada y dirigida por la autora a solicitud del antropólogo social Fernando Cámara Barbachano, a su vez comisionado por Gonzalo Aguirre Beltrán para que integrara un equipo de investigación. Ella participó en la recolección de los datos conjuntamente con Blanca Irma Alonso, Efraín Cortes, Lilia González y quien esto escribe; y después se hizo cargo del análisis y de la redacción de los resultados.

Para ello utilizó —siguiendo a Frederick Barth— un modelo análitico con tres niveles de evaluación: el personal o familiar del migrante, el del individuo como miembro de un grupo social y el de los vínculos del parámetro local con la historia y la estructura política y económica nacional. Con ello buscó descubrir las interrelaciones entre los factores determinantes del fenómeno migratorio apreciando su distinto grado de importancia. Para ello expuso las interre­laciones entre los factores determinantes, como un sistema de nexos causales en el cual la emigración era uno de los muchos efectos posibles. Ello no lo hizo en una sucesión cronológica sino una relación estructural con profundidad temporal. Así enumeró tanto características fenoménicas de la migración como reconstruyó el patrón seguido por esta.

La atención del estudio lo centró en la descripción y análisis de la migración de mazahuas y otomís hacia la ciudad de México. Estos dos pueblos son vecinos en sus regiones de asentamiento y sus respectivas lenguas están emparentadas y forman parte del mismo grupo lingüístico junto con el matlatzinca. La autora relacionó su migración con la creciente presencia —en dicha ciudad— de mujeres mazahuas y otomís dedicadas a la mendicidad o a la venta ambulante de frutas. semillas, chicles y otros artículos. De notable pobreza y aparentemente solas aunque en realidad, el 67% de ellas vivía en realidad con sus compañeros, se las había institucionalizado en la ciudad como un grupo llamándolas “Ma­rías”. En parte debido a la atención despertada en la prensa y en otros medios de comunicación, así como en algunas dependencias oficiales. En realidad, el termino incluía a mujeres de procedencia diferente hablantes de otomí, mazahua o náhuatl, de los estados de México, Hidalgo, Querétaro, Tlaxcala y Puebla (y a un grupo de mujeres citadinas emuladoras de auténticas “Marías”). Sin embargo, señala la autora, estos grupos variados presentaban uniformidad en cuanto a las características de su migración y de su posición en la ciudad. Esto fue así pues esas características fueron producto de similares cambios estructurales —ocurridos en sus regiones de procedencia— y de la asignación que el mismo sistema urbano les dió de su particular posición socioeconómica en la ciudad.

Para conocer los orígenes de la migración, eligió cuatro comunidades para observar en ellas el proceso migratorio. Estas fueron las comunidades mazahuas de Santo Domingo de Guzmán, San Anto­nio Pueblo Nuevo y Providencia, del estado de México; y la comunidad otomí de Santiago Mezquititlán del estado de Querétaro. Las cifras estadísticas de los municipios donde se localizan estas comuni­dades, Ixtlahuaca y San Felipe del Progreso, estado de México, y Amealco, estado de Qerétaro, respectivamente, mostraban factores estructurales de expulsión de migrantes tales como el alto crecimiento demográfico, el bajo ni­vel de vida y la ausencia de industrias generadoras de empleo. En dos de estos municipios por lo menos, la migración no era un fenó­meno recién aparecido. De la región otomí de Amealco, Qro., se emigró en masa en busca de trabajo tras el estallido de los disturbios del levantamiento maderista y posteriores confrontaciones armadas, sobre todo hacia el valle de San Juan del Río.[ix] Acerca de la zona de Ixtlahuaca había evidencias aún mas remotas. En los padrones de 1811 de la ciudad de México se registraron hombres y mujeres originarios de esa zona, tanto naturales como españoles y otras “castas”, quienes se dedicaban al comercio y al servicio doméstico (esto último solo los primeros).[x]

 

Campesino mazahua de Santo Domingo de Guzmán frente a su oratorio familiar (Foto: CGM 1972).


Del estudio de las cuatro comunidades citadas, la autora elaboró un modelo del proceso histórico con dos tipos distintos de mi­gración según estrato social y étnico. Ella se propuso, siguiendo los planteamientos iniciales del trabajo, una serie de factores determinantes de la migración en varios niveles (causas mediatas, inmediatas y precipitantes) distinguiendo entre factores de expulsión y de atracción.

Las conclusiones que sacó fueron varias. La aparición del fenómeno de las mujeres dedicadas a la venta ambulante o la mendicidad, tuvo su origen en la migración de familias a la ciudad de México. Esta migración fue consecuencia de cambios y deterioros en el campo, tanto en las condiciones demográficas como en las socioeconómicas (y políticas, podría añadirse) de la vida de los campesinos. Asimismo fue producto de la centralización industrial de la ciudad de México, donde se presentaron las posibilidades de obtener mayores ganancias y movilidad social ascendente. El proceso migrato­rio del campo a la ciudad no podía atribuirse a un solo factor, sino a un sistema de factores combinados causantes de una reacción en cadena. Por lo mismo, los bajos ingresos rurales no podían ser por sí solos, la causa del fenómeno migratorio pues éste se daba tanto entre campesinos y jornaleros como entre individuos de la burguesía rural. Estos últimos migraban permanentemente buscando ascender en la escala socioeconómica, mientras el campesino sin esa posibilidad migraba por necesidad económica y solo temporalmente, dado su escaso acceso a la estructura ocupacional urbana.

Respecto a los migrantes en la ciudad, según el estudio, se establecieron en familias dedicadas a una ocupación citadina común o parecida. Formaron colonias o núcleos comunitarios distintivos de la sociedad urbana, de la cual se aislaron social y culturalmente. Para el hombre las posibilidades de encontrar trabajo eran escasas y sus in­gresos insuficientes, dada su poca capacitación y lo bajo de su remune­ración. Entonces las mujeres se veían obligadas a trabajar también, aunque para ellas era aún más difícil encontrar empleo. Una de las pocas alternativas existentes era la venta ambulante y a diferencia de otras, era una de las más ventajosas desde el punto de vista de sus necesidades y deseos (cuidado de los hijos, ingresos más altos, no sujeción a horarios, etc.); pese a desventajas tales como el verse a merced de la represión de las autoridades y podría añadirse, las pésimas condiciones para trabajar al aire libre en la vía pública bajo las inclemencias del tiempo.

En la ciudad, el mazahua y el otomí emigrantes retardaban su eventual incorporación a la estructura ocu­pacional debido a su aislamiento de la vida urbana. Ellos estaban subocupados y su posición socioeconómica era fijada por la estructura ocupacional urbana en la que actuaban y no por sus características culturales. Marginados y sin posibilidad de movilidad socioeconómica, necesitaban apoyarse en sus semejantes en la ciudad reafirmando y no perdiendo su identidad étnica. Como consecuencia de todo ello, las mujeres se dedicaban a la venta ambulante pues sus pocas alternativas, su falta de educación escolar y sus otras desventajas socioeconómicas, las colocaban en posición desfavorable dentro de la es­tructura ocupacional, no por ser mazahuas sino por ser marginadas. Propugnar por su integración cultural para resolver su miseria, escribió la autora, no sería la solución pues antes bien, vivir con sus semejantes más bien las había beneficiado. Su identidad cultural mejoraba o agravaba ligeramente su situación social, pero en última instancia no la determinaba.

 3.

 En lo referente a la migración mazahua, las dos autoras expusieron datos de diverso tipo así como algunas divergencias. Sin duda, esto se debió tanto a los diferentes universos estudiados como a los diferentes enfoques utilizados. En efecto, las comunidades de origen de los migrantes investigados fueron diferentes, como también fueron diferentes los puntos donde se les localizó en la ciudad y distintas sus respectivas ocupaciones con excepción de la albañilería. Iwanska percibió lo difícil de la adaptación tradicional de los mazahuas al ambiente urbano debido a su dispersión. Arizpe en cambio, registró la formación de verdaderas colonias y la reafirmación de su identidad étnica; a diferencia de los grupos domésticos aislados observados por Iwanska, si bien éstos constituían unidades sociales mayores a las de su pueblo nativo y eran acompañados de un fortalecimiento de los lazos familiares. Tal vez las autoras interpretaron de distinta manera el mismo fenómenúm. Respecto a los factores causantes de la migración, ambas señalaron el aspecto demográfico, pero aportaron otros no tornados en cuenta por uno u otro trabajo. Tal es el caso de los gastos rituales, apenas mencionados por Arizpe, quien por lo demás, mostró un más elaborado análisis de los factores de expulsión y atracción, estos últimos no bien precisados por Iwanska.

 

Interior de un oratorio famiar mazahua (Foto: CGM 1972).


Sin embargo, tuvieron coincidencias o similitudes. Lo más interesante es la semejanza en la descripción del proceso y los patrones seguidos en las corrientes migratorias. Sobre todo es de señalarse la confir­mación mutua del carácter temporal o estacional de la migración mazahua y sólo por excepción permanente, dirigida hacia la ciudad en busca de labores no capacitadas, de baja remuneración y de preferencia de escasa o nula supervisión.

Algunos puntos de ambos trabajos permiten ser discutidos. Del primero lo puede ser la calificación de commuters aplicada a los migrantes. Del segundo, el modelo de análisis usado. Otros pueden ser criticados, como la alta dosis de subjetivismo del primero, preñado de apreciaciones personales; lo cual se manifiesta también en algún pasaje del otro trabajo donde se expone lo que que la autora cree que la gente piensa.

Tocante a los señalamientos de orden práctico de los dos trabajos. Iwanska escribió que si bien los migrantes no se consideraban objeto de las agendas de acción indigenista, si el gobierno proporcionara centros de información vocacional y acceso a la educación profesional, los mazahuas ciertamente le sacarían provecho. La sugerencia era un tanto superficial pues pasaba por alto el ataque a las cuestiones de fondo que origaban la migración.

En cambio, Arizpe planteó cuestiones fundamentales en su material, cuyo análisis puede llevar a proposiciones medulares. Sin em­bargo, al referirse a las acciones de índole práctico, sólo alcanzó a mencionar los paliativos aplicados para atenuar problemas de orden inmediato, tales como la creación de una “Unión de Ma­rías” y un Centro de Capacitación, el cual —consideró la autora—, realizaría una labor benéfica en la medida en que proporcionara a las mujeres mazahuas adiestramiento en oficios varios y apoyara la elaboración de artesanías. Por cierto, dicho centro sí fue creado para atender a mujeres mazahuas y después funcionó otro en Coyoacán para otomíes.[xi] Además, propuso la creación de un Centro Coordinador Indigenista en el país mazahua, el cual consideraba que podía aliviar los problemas inmediatos de las comunidades.[xii] También sugirió capacitar a los migrantes permanentes previendo su eventual absorción ocupacional en caso de crearse nuevos empleos. En el caso de las mujeres migrantes estacionales, consideró que mientras no se crearan empleos temporales tan relativamente ventajosos como la venta ambulante, ésta no se abandonaría.

Quedó en el tintero alguna sugerencia más que para disminuir “el problema”, para solucionarlo. Solucionar tanto el problema afrontado por la ciudad, como sobre todo por la población obligada a migrar para subsistir. En efecto, el problema del migrante en la ciudad no era tal, era una solución —como bien lo señaló Arizpe— a una apremiante necesidad económica. El problema lo era para la ciudad, mejor dicho, para ciertos sectores de esta (como los locatarios de mercados publicos) y no lo era para otros que utilizaban a los mi­grantes como mano de obra abundante y barata o como medio de vender mercancías. No lo era para los mismos migrantes, si bien estos eran objeto frecuente en la ciudad de la represión o del paternalismo discriminatorio y ocupaban los más bajos estratos ocupacionales. Su problema no era su estancia en la ciudad sino en el campo de donde salían en busca de recursos.


Epílogo

En el área mazahua-otomí podía observarse a simple vista una aguda diferenciación social. Un viaje a ésta desde la ciudad de México, llevaba al viajero de la urbe capitalina a la zona industrial de Lerma-Toluca, asiento de la capital del estado de México, sede del poder político estatal, del obispado y de los grupos de la hegemonía económica. De allí a las cabeceras municipales, pueblos de gente “de razón”, descendientes de blancos criollos amestizados, déspotas, cabezas de la pirámide socioeconómica regional a cargo del dominio político de los municipios, enriquecidos a través del acaparamiento de las mejores tierras, la posesión de capitales y bienes de producción, la venta del abono, el monopolio en la distribución de los productos agrícola, el crédito usurero y el comercio en grande en almacenes y bodegas. Al final, el viajero llegaba a los empobrecidos pueblos y ranchos mazahuas y otomís, llamados “naturalitos” por la población blanca, donde los miembros del estrato social inferior todavía tenían que soportar la sujeción de caciques y expoliadores locales. Las relaciones interétnicas eran tensas y asimétricas reflejadas en las diferencias culturales como la lengua, el vestido, los patrones de organización social y ritual. Los indicadores económicos y de servicios mostraban una fuerte disparidad en los niveles de vida.

El ataque a las cuestiones de fondo en torno a la migración indígena tenía que hacerse en un nivel de mayor envergadura. Más que el microcosmos de los grupos migrantes estudiados, el problema eran las asimétricas estructuras socioeconómicas y políticas regionales y na­cional.

Con todo, la aplicación de paliativos en el campo y en la ciudad podían atenuar los malos efectos de la migración en ambos ambientes. En ocasiones, estas acciones ya eran parte de las políticas gubernamentales de fomento del crecimiento económico, aunque no siempre orientado al desarrollo social de las mayorías. Hubiera sido ingenuo, dentro del panorama político de entonces, sugerir a la administración publica —a propósito del desempleo y la desocupación rurales—, soluciones cuya aplicación implicara cambios estructurales en favor de clases sociales no representadas por ella y lesivas a los intereses de las clases a las cuales servía.

La existencia de un sector campesino inmerso en sí mismo, no era algo previsto dentro del marco de la sociedad modernizadora. Antes bien, la sociedad campesina se vía obligada a ceder paso, cada vez más, al crecimiento de la economía empresarial privada. Esta llevaba implícito la liberalización creciente de la tradicionalmente sujeta mano de obra campesina. Si de ello resultaba un exceso de oferta de mano de obra, esta pasaba a constituirse en un útil ejército laboral de reserva. Los imperativos económicos prevalecientes descuidaban el desarrollo agrícola entre el campesinado e implicaban un desigual reparto de la riqueza, una aguda diferenciación de clases, un férreo dominio político del campo y en fin, una concentración en grupos minoritarios del poder económico, social y político. Modificar esto supondría cambios en las relaciones sociales generales y tocar temas tan delicados como la cuestión agraria. Esto parecía poco realista y aunque fuera deseable, los antropólogos de esos años ya se daban por bien servidos, si al menos se paliaban los efectos negativos del modelo de desarrollo económico de esos años.

 

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Sumary

 According to the author, mazahuas have long had a reputation as travellers, a very noticeable migratory phenomenon.

In this article, García Mora, outlines the content and the scope of the works published in America indígena and in Sep/Setentas, 182, edited in 1976, about mazahuas that migrated to the United States and to the City of Mexico. He mentions as well two unpublished interviews he held at the regions of Xochimilco and the Federal District with migrants from the municipality of Atlacomulco.

The first work presented by García Mora has been written by Alicia Iwanska, a polish anthropologist, who has worked during a long period among the mazahuas. When she wrote “Migrants or Commuters?” she was a sociology professor at the State University of New York.

The second work belongs to Lourdes Arizpe Schlosser, a distinguished mexican antropologist: it questions about this already mentioned feature together with suggestions of practical action to be undertaken, as the creation of a “Union of Marías” (female migrant rural workers) and a “Training Center” to be stablished at the mazahua region, where she held ressearch to support her study.


 

Versión revisada de la reseña originalmente publicada en la revista América indígena (México, Instituto Indigenista Interamericano, vol. xxxvii, núm. 3, julio-septiembre de 1975, 1977).



 © Derechos reservados por el autor

 


[i] Unos breves datos históricos sobre el país mazahua pueden consultarse en Iwanska (1972: 33-40), unos breves datos monográficos modernos en Fernández (1973 y 1975) y una breve bibliografía en García Mora (1973).

[ii] Fernández 1973: 1192.

[iii] Díaz Barriga (1966) y Robles (1966).

[iv] Federico, 1972.

[v] Alicja Iwanska: “¿Emigrantes o commuters? (Indios mazahuas en la ciudad de México)”. América indígena, trad. Teresita Hdez., México, Instituto Indigenista Interamericano, vol. xxxiii, abril-junio de 1973, núm. 2, pp. 457-69. Lourdes Arizpe Schlosser: Indígenas en la ciudad de México. El caso de las “Marías”, fts. Ruth Lechuga, Ignacio Manrique y…, México, Sría. de Educación Pública, Dir. Gral. de Educación Audiovisual y Divulgación, 157 p. fts. il. (Sep/Setentas, 182).

[vi] Iwanska 1963a, 1963b, 1964, 1965, 1966, 1967 y 1971 (trad. española: 1972). Además de una novela (1968) sobre la decisión de una comunidad mazahua de abrir una escuela.

[vii] Le había publicado artículos en Anthropologica de Canadá, Anthropology Magazine de Inglaterra, Artes de México (1972a), Diálogos (1972b y 1974a) e Historia Mexicana (1975); y su tesis profesional (1973).

[viii] Anteriormente había preparado dos artículos adelantando parte del mate­rial (1972b y 1974a) y presentado dos ponencias donde mencionaba sus datos obtenidos con población mazahua (1974b y 1975b).

[ix] Meyer, 1973: 243.

[x] AGN, Padrones, 53.

[xi] Véase nota periodística en González (1972).

[xii] Actualmente funciona otro Centro Coordinador en Amealco, cabecera municipal de Santiago Merquititlan (ini, 1975: 6-7. Véase también ini, 1974).

 

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