COFRADÍAS HOSPITALARIAS DEL PUEBLO PURÉPECHA

Una institución comunitaria

Citation
, XML
Authors

Abstract

Las cofradías marianas del siglo XVI, fundadas en los poblados del país purépecha en la provincia de Michoacán de la Nueva España, disponían de capillas dedicadas al culto de la virgen de La Concepción. A estas capillas se les anexó hospitales comunitarios donde se atendía a los enfermos, se ofrecía resguardo a los viajeros, se impartía educación a las doncellas y se cumplía otras funciones más.


Yurhíxu o capilla mariana de San Antonio Charápani, anexa a la cual se encontraba el hospital de los naturales (foto del autor)


En la época de las repúblicas de los naturales durante el régimen novohispano, el pueblo purépecha instituyó hospitales en cada uno de sus poblados de común acuerdo con frailes y funcionarios españoles. Tales instituciones, promovidas por el régimen colonial en la Nueva España, corrieron con diferente suerte en sus diversas provincias. En Michoacán tuvieron un éxito y arraigo notables, particularmente en el país purépecha donde fueron adoptadas y adaptadas a las circunstancias locales desde el siglo xvi. Estos establecimientos —básicamente sanitarios— llegaron a tener otras funciones complementarias y adicionales que hicieron de ellos algo más que un servicio hospitalario, debido a su carácter asistencial e incluso caritativo.

Su fundación se entiende por la necesidad de enfrentar y de prevenir las terribles epidemias que asolaron a la población de tiempo en tiempo, tal como ha quedado grabado en la tradición oral popular. Y como en Europa donde la atención hospitalaria se asumió como una tarea propia de los religiosos, en Michoacán también fue concebida así, entre otros factores porque para el mantenimiento de la salud se invocaba a la divinidad y a los santos como protectores y curadores.

Por ello, se instituyó en cada república de naturales —a todo lo ancho y largo del país purépecha— una especie de cofradía mariana con sede en una capilla construida ex profeso, dedicada al culto de María y denominada Yurhíxu. Tales cofradías fueron arraigadas como asociaciones comunitarias de carácter humanitario, en las cuales participaban todos los matrimonios miembros de una república de naturales.

Las cofradías se encargaban de prestar, entre otros servicios, los religiosos que se otorgaba a todos sus difuntos. También daban hospedaje a los viajeros, impartían educación a las mujeres y capacitación musical a los jóvenes, atendían a los encarcelados, etc. Probablemente, cierta antigua institución tarasca de enseñanza de las doncellas fue asimilada en dicha cofradía y su hospital. De hecho, el nombre purépecha de Yurhíxu así lo hace pensar, pues deriva de una raíz verbal que sugiere sangre corriendo o escurriendo, una manera de referirse a la menarquia. Así, por ejemplo, se llamaba yurhítskencha a “las muchachas o mozas en edad”. Y es que, desde su origen, el Yurhíxu fue el lugar donde las muchachas se encargaron del culto mariano y protagonizaban las procesiones, a la vez que ahí se les enseñaban las habilidades necesarias para su futura vida como esposas y madres, tales como el bordado y la elaboración de vestimenta para todos los miembros de la familia (tarea asignada a la mujer en una época en que era inusual adquirir ropa ya confeccionada). También se les enseñaba herbolaria, por lo cual es probable que de ahí provenga la tradición en las que se forman las curanderas purépechas.

Entre otras funciones más propiamente asistenciales de estas cofradías estuvo justamente la atención de los enfermos, para lo cual se levantaron edificaciones más o menos modestas anexas a la capilla mariana denominadas “hospitales de los naturales”; los cuales administraban, mantenían y servían. Por extensión, se llamó yurhíxu al conjunto indivisible de la capilla y el hospital, aunque el nombre tal vez sea más propio sólo de la primera. Además de los enfermos atendidos en el cuarto o cuartos del hospital, se procuraba asistir a quienes sufrían padecimientos menos graves llevándoles atole a sus casas.

De más está decir la importancia que una institución comunal y humanitaria como ésta tuvo en la cultura general del común y sus principales, acrecentando los valores de cooperación, atención igual a pobres y ricos, intercambio de favores, servicio al pueblo, rotación de obligaciones y otros. En efecto, los hospitales purépechas instituidos de acuerdo con los franciscanos moldearon los poblados como una especie de “pueblos hospitalarios”. Fueron los más. Sin embargo, el modelo de hospital que más fama ha tenido hasta la fecha es el que se ha denominado “pueblo hospital”, impulsado y financiado por el obispo Vasco de Quiroga en Santa Fe de la Laguna donde se estableció como un verdadero falansterio. Sin embargo, fue el primer modelo el que prevaleció en el país purépecha.

Las cofradías y su respectivo hospital debieron crearse con el común acuerdo de los mandones purépechas y los frailes españoles. Su organización y funcionamiento se rigió por disposiciones y ordenanzas generales dictadas por las autoridades civiles y eclesiásticas españolas, aunque las segundas eran quienes se consideraban las responsables principales. Sin embargo, desde un principio pudo observarse ciertas orientaciones específicas entre los hospitales que los purépechas abrieron y administraron supervisados por una u otra orden religiosa y que luego mantuvieron bajo la observación del clero secular sobre todo a partir del siglo xvii. De hecho, los obispos en sus visitas pastorales tenían, entre sus obligaciones, la de revisar —además de los libros parroquiales— las cuentas del hospital en cada poblado al que llegaba. Se entiende que, en cada uno, aparte de la capilla dedicada al culto mariano, había un templo principal a cargo de un sacerdote católico de planta o desde alguna cabecera; mientras la capilla y su hospital eran atendidos y administrados por encargados y servidores purépechas.

Con el tiempo, los hospitales fueron organizándose cada uno de forma diferente en tanto fueron dejados a su suerte cuando se fue perdiendo el interés eclesiástico y oficial en mantenerlos y más aún, a partir de la desaparición del gobierno purépecha en el siglo xix. La mayoría fueron abandonados y sus edificios quedaron arruinados o de plano desaparecieron, incluso desde los siglos xvii y xviii. En otros casos, sólo quedó la capilla mariana y en algunos ni eso. Con todo, hubo unos que lograron sobrevivir conservando su nombre de “hospital”, pero ya sin su función hospitalaria, sino sólo como institución comunitaria predominantemente religiosa. Ocumicho es uno de poblados en donde logró llegar como organización hasta el siglo xx.

Por supuesto, la organización de la cofradía hospitalaria dedicada al culto de María debió ajustarse a las condiciones demográficas de cada poblado, así como a sus respectivas posibilidades sociales y materiales. Por ello, aunque se organizaron conforme a normas y reglas comunes, en algunos lugares fueron más grandes que en otras; también pudo variar el grado de complejidad y el número de cargos y tipos de servicios que rotativamente cubrieron sus miembros atenidos a cierta jerarquía. Su base organizativa la constituía el conjunto de las familias extensas y los matrimonios que los encabezaban, varios de los cuales por turno atendían al hospital durante un semana completa, tiempo en el cual dormían incluso ahí. Por ello fueron llamados “semaneros”. Todos ellos formaban parte de la cofradía que, como tal, veía por todos sus miembros. Gracias a ello, un cuerpo de encargados purépechas administraba el hospital con la ayuda de diversos servidores.

Además, los hospitales tenían sus propios bienes, tales como tierras y ganados, los cuales eran trabajados y cuidados por los varones encargados de ellos. Para eso tenían un mayordomo que los administraba y un escribano para llevar un libro de ingresos y gastos. Éstos últimos eran sufragados por los propios cofrades, esto es, por todas las familias del poblado de una república de naturales, amén de contar precisamente con los productos de dichas tierras y ganados.

A manera de ejemplo puede tomarse la cofradía y su respectivo hospital en San Antonio Charápani, según como la describía tradición oral que logró sobrevivir hasta fines del porfiriato. Dicha cofradía tenía una capilla dedicada al culto de María en su advocación de la limpia concepción, como en todos los hospitales michoacanos. Anexa a ésta se encontraba la construcción dedicada al hospital con varios cuartos. En uno, estaba la sala de enfermos propiamente dicha; otro, lo usaban los matrimonios denominados “semaneros” que ahí dormían durante la semana que les tocaba prestar sus servicios; en otro, se reunían las wanáncheecha o doncellas; en otro, disponía el prioste que era la autoridad máxima del hospital; en otro, el chuperpatsari o tesorero; en otro, el escribano que llevaba los libros de la institución y en otro más, despachaba el k’înhi kînhi /k’inkíNi/ o “mayordomo de la virgen María” (quien era el administrador). Además, enfrente de uno de sus costados se encontraba otra construcción denominada yurhhí sapíchu (“hospital chico”) que debió funcionar como anexo complementario.

Cada barrio de Charápani se turnaba para enviar durante una semana a sus respectivos semaneros, quienes entraban los sábados entregando dinero, una vela y nixtamal. Ellos atendían a los enfermos del hospital, a los que permanecían en sus casas e incluso a los presos en la cárcel del poblado.

El k’înhi kînhi recibía para su venta las mantas tejidas por las semaneras, pagaba a los curanderos y a las yurhíxiicha o muchachas que ayudaban a atender enfermos. Además juntaba a los jóvenes de la república charapanense para que trabajaran las tierras dedicadas al culto mariano. Estaba al pendiente de quienes se iban a casar (para lo que le competía hacer al respecto) y de quiénes se morían (pues se encargaba de la caja y la mortaja de los finados). Él pagaba de su bolsa las misas de difuntos y las funciones de las fiestas de la asunción y la concepción de María. En fin, como tenía esas y otras tareas más, vivía durante todo un año con su esposa en el yurhíxu. Le auxiliaba un k’înhi sapíchu.

La autoridad complementaria era la del prioste, quien asistía al hospital con su esposa por dos años. En él recaía la dirección espiritual, por lo cual rezaba y dirigía sermones. Se hacía cargo con su mujer de las wanáncheecha y de las ceremonias del culto. Así que mientras el k’înhi administraba el hospital, él tenía la capilla a su cargo. Su esposa, la “madre mayora” o “mamá priosta”, era la instructora de las wanáncheecha, quienes se encargaban del lavado de la ropa con la que se vestía la imagen de María y de la procesión que cada sábado salía al templo parroquial. Asimismo ellas se levantaban cada mañana a rezar el rosario y a entonar en purépecha “Buenos días paloma blanca…” en la capilla, un canto con el que le daban un saludo matutino a la imagen mariana a la cual rendían culto; tras lo cual repartían el atole a los enfermos.

Anualmente, los cofrades celebraban la “fiesta del hospital” (probablemente cada 8 de diciembre, fiesta de la concepción de María). Y en Cuaresma, todo el personal del hospital “hacían disciplina” pegándose con un chicote.

Esta cofradía, que la tradición oral recuerda sólo como “el hospital”, formó parte integrante de la república purépecha y arraigó una cultura de cooperación comunitaria amén de su propósito religioso de atender el culto mariano. La actual etnografía purépecha registra aún muchas secuelas culturales, sociales y religiosas de dicha organización religiosa e institución hospitalaria que dio al pueblo purépecha uno de sus rasgos característicos.

 

Carlos García Mora

Dirección de Etnohistoria
Instituto Nacional de Antropología e Historia
© Derechos reservados por el autor