ESCRITURA DE LA ANTROPOLOGÍA

El delicioso suplicio de escribir antropología[1]

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Abstract

Dificultades y placeres de los antropólogos al sentarse a escribir una obra de antropología. Se sugiere asociar ciencia y literatura para afrontar la hoja en blanco.


A Carmen,

poeta, antropóloga y amiga


No he querido hacerlo. Me he resistido durante veinte años. Veinte años de oír: “tienes que hacerlo…, tienes que hacerlo”. De oírlo de mí mismo. Pero no de ese yo que lo entiende y lo padece y lo rechaza. No; del otro, del subterráneo, de ese que fermenta en mí con un extraño hervor.

                                                                                                                                         Josefina Vicens[2]

 

Las antropólogas y los antropólogos son una suerte de escritores, muchas veces atormentados por tener que serlo. Ellos escriben obras científicas y en ocasiones sólo técnicas, pero enfrentan las dificultades de cualquiera que se ve en el predicamento de escribir por razones profesionales. Asimismo deben lidiar con el desdoblamiento de la antropología que es, a la vez, una disciplina científica y una humanística que sobrelleva una oposición interna entre una y otra vocación. Dilema que suelen reflejar en sus artículos y libros donde renuncian a esa parte de su aprendizaje conformado por sus percepciones, las cuales suelen considerar inadmisibles en un texto académico. Algunos toman esa actitud porque tratan de apegarse sólo a hechos ciertos y comprobados evitando contaminar su trabajo de consideraciones extrañas al método de investigación; pero desperdician uno de sus recurso, como adelante veremos.

 

La materia prima del antropólogo

 

A diferencia del escritor, quien trabaja sobre todo con su imaginación y sus recuerdos, los antropólogos tienen como materia prima la información y los datos que se allegan sobre la realidad humana pasada y presente (recogidos con frecuencia en diarios de campo, libretas de apuntes, encuestas, etc.); y el análisis e interpretación que de éstos hacen. Sólo que, en vez de poder comprenderlos en el campo, el archivo, la biblioteca o el laboratorio donde se obtienen, a veces cobran sentido después y lejos de esos lugares, en momentos inesperados y en sitios imprevistos (por ejemplo, al estarse bañando, viendo una película, leyendo una novela, contemplando un cuadro, escuchando un concierto, asistiendo al teatro, conversando con una colega, viajando en el tren metropolitano o mirando pasar a una persona).


Ofrenda huichol (Nayarit 2009)

A causa de eso, hay quienes cargan libretas de bolsillo, otros llevan diario de trabajo, otras tienen cuadernos en su buró para apuntar sus ideas y ocurrencias durante la noche; las servilletas suelen ser víctimas de sus apremios para apuntar cualquier tipo de cosas; hubo quienes llegaron a usar los pequeños boletos que se daban para comprobar el pago del viaje en los camiones urbanos del Distrito Federal… y otros, mejor usan hojas normales fabricadas para escribir. Todos intentan de alguna manera retener el material que se encuentra cuando se busca, pero también cuando menos se lo espera el investigador, tratando de evitar su perdida irremediable cuando no se registra.

El análisis de los hechos sobre cierto tema —en cierta época y región— se inspira en averiguaciones sobre problemas diversos de tiempos y lugares diferentes, realizadas por el propio antropólogo. Después de todo, así como los hilos del presente y el pasado tejen complejas tramas, las cuales sólo con mucha dedicación y largo esfuerzo es posible ir desenredando; de ese modo el trabajo intelectual del investigador va tejiendo —con sus experiencias— visiones del presente y el pasado. Él siempre está ocupado relacionando un dato con otro, comparando una impresión con otra, asociando un hecho con otro, sean o no parte de su estudio. Tal es el motivo para llevar apuntes todo el tiempo.

Una tarea que algunos evaden es el siguiente momento decisivo: el procesamiento del material —en bruto y analizado— obtenido en una investigación. Dicho de manera burda, esto a veces se reduce a la decisión de hacer o no “fichas de trabajo” para reunir, desglosar y clasificar información.

Para quienes se apegan a la convención, sólo es posible emprender la redacción de un artículo, una tesis o un libro si se dispone antes de un fichero con fichas de trabajo clasificadas, en las que se hayan vaciado los datos e ideas contenidos en grabaciones, diarios de campo, libretas de apuntes, fotocopias de documentos y artículos, mapas, fotografías, encuestas, libros, tablas, gráficas y demás material conseguido con dificultad pero con disciplina. Estas fichas que llegan a contener el análisis de esos materiales e hipótesis y conclusiones más o menos acabadas, luego suelen ordenarse y estudiarse para con ello componer el primer borrador de un trabajo.

Un conocido etnólogo alemán pensaba y redactaba con tal cuidado las reflexiones que escribía en sus fichas que, llegado el momento de escribir un artículo, sólo las ordenaba y luego, las pegaba con cinta una tras otra añadiendo las frases o artículos necesarios para asociarlas. Quienes tal cosa hacen, preescriben de hecho sobre fichas lo que sale de su pensamiento en constante maduración.

Algunos recuerdan todo sin necesidad de apuntar nada; se trata de investigadores memoriosos, célebres por su retención fotográfica y su capacidad para recordar información, como para ir procesándola en su mente; de manera tal que conciben un libro tras pensar mucho en ella durante toda su investigación y luego se sientan a escribir lo que aprendieron y lograron ordenar en su pensamiento, sin usar ficheros.[3] Otros sí tienen a la vista su material pero sin desmenuzarlo en fichas clasificadas, sino procesándolo en el momento de redactar; como algunos historiadores, quienes redactan teniendo a la vista fotocopias de documentos y considerando las ideas que se han ido haciendo de un asunto —durante la lectura que de ellos hicieron en el archivo—.

 

De la recopilación a la redacción

 

Hacerse antropólogo ha sido en varios sentidos una manera de vivir: tomar muestras sanguíneas de rancheros criollos, exhumar restos arqueológicos de un caserío mesoamericano, grabar relatos en las lenguas de los pueblos americanos, hacer exploraciones de campo en diversas regiones, entrevistarse con habitantes de las comarcas estudiadas, sumergirse en laboratorios, archivos y bibliotecas, escuchar músicas populares, observar danzas y fiestas rurales y otros variados y sorprendentes quehaceres son —más que labores específicas del investigador— la manera en que él decidió hacer su vida. De hecho, hay quienes se dedican a ello sólo por la aventura que implica olvidando que ésta continúa luego en el gabinete, donde otra excitante tarea permite hacer allí otros descubrimientos e integrar la experiencia completa. Por eso, algunos han emprendido con gran entusiasmo la primera parte de dicha aventura, pero luego han muerto sin escribir un sólo libro con algo de lo que aprendieron en sus años de incansable trabajo; dejando tras de sí un archivo lleno de notas —a veces indescifrables— y materiales de todo tipo que sólo ellos pudieron usar a plenitud y cabalidad, para escribir esa gran obra que se esperó siempre de su pluma.

Como el personaje de la novela El libro vacío de Josefina Vicens, hay quienes viven pensando en ese libro que pueden escribir planeándolo una y otra vez, rumiando su contenido e intentando iniciar la escritura, fijando y posponiendo el día para empezar; mientras el tiempo corre, inmisericorde.[4] Repasan sus múltiples experiencias en una región objeto de su afanes; la gente con la que han hablado y los documentos, fotografías y mapas en sus gavetas pletóricas de diverso material acumulado. Y al final, como aquel personaje de Vicens, la vida se les acaba y su libro queda vacío, sin nada, porque sólo fue una idea en su cabeza, entre tanto vivieron obsesionados pensando en esa primera frase que iniciaría todo; pero nunca lo hicieron, porque en ninguna ocasión encontraron tal frase, la cual sólo fue el pretexto para posponer al infinito la tarea que no tuvieron el valor de enfrentar. Es así que la vida desintegra los libros de antropólogos que pudieron hacer uno que jamás se sentaron a escribir. Dicho esto a sabiendas que se toca una fibra íntima, un asunto que duele y que a veces se convierte en un conflicto existencial de cierta gravedad.

No por nada es paradójico que uno de esos antropólogos, quien dejó tras de sí un archivo y ningún libro, haya dicho alguna vez que, tras el primer gran rito de paso que es la primera experiencia de campo, el segundo peldaño para todo estudiante de antropología consiste en convertir su diario que allí llevó en un texto científico. Y en efecto, el estudiante empieza a convertirse en antropólogo no cuando sale por primera vez al campo sino cuando, después de hacerlo, escribe su primer artículo con el material obtenido.

Razón por la cual el acto de sentarse frente a la hoja en blanco sobre el escritorio es para los antropólogos placer y tormento a la vez: un instante decisivo durante el cual toda su investigación vuelve a correr como una película ante sus ojos. Si el placer prevalece, el suplicio de vencerse a sí mismos para afrontar la tarea de convertir la experiencia y los ficheros en un estudio analítico, puede convertirse en un satisfactorio logro personal. Pero si los obstáculos ganan, vanos fueron sus afanes y serán incapaces de compartir sus observaciones con los demás. Los trabajos de campo, laboratorio, archivo y biblioteca terminan siendo vivencias desperdiciadas para la antropología que crece con estudios escritos, aún después de muertos sus autores, más que con investigadores ricos en experiencias pero ayunos de escritura.

Como la música que no es nada si no se toca, la antropología es lo que es porque se escribe, por más que también prolifera en las labores gestoras, promotoras, documentales, bibliotecológicas, fotográficas, fonográficas, museológicas, difusoras y docentes, como en la conversación y la tradición oral. Es cierto que la antropología no sólo vive en la escritura, pero nunca sería lo que ha llegado a ser si los antecesores hubieran evitado poner sobre papel sus hallazgos e interpretaciones. ¿Alguien puede imaginarse cómo instruir a los estudiantes si careciera de ese patrimonio constituido con los libros y artículos que pueblan las bibliotecas? Sólo imagínese lo poco que se sabría del pasado y el presente de México si los antropólogos físicos, lingüistas, arqueólogos, etnólogos y antropólogos sociales se hubieran abstenido de informar por escrito lo que encontraron, estudiaron y reflexionaron en sus viajes, excavaciones, análisis de laboratorio, revisiones de documentos, lecturas de crónicas, etc.

La existencia de antropólogos ágrafos, al mismo tiempo que de aquellos con habilidad literaria, habla de un asunto que pocas veces se toca y menos se expone a la luz pública: ese momento en que ellos se enfrentan a sus apuntes, ficheros, recuerdos e ideas con el reto de analizarlos y hacerlos hablar. ¿Qué sucede ante esa a veces bendita y otras maldita hoja en blanco que a unos estimula y a otros paraliza?, ¿Por qué es tan difícil escribir?, ¿Qué pasa cuando llega la hora de hacerlo: es de verdad tan terrible?, ¿Por qué puede ser traumático ese momento? Acaso la psicología del acto creativo tenga algunas respuestas, pero aquí interesa la superación de ese momento crítico lograda con el ingenio para usar con el raciocinio la observación objetiva, junto con la percepción subjetiva, en vez de reprimirla, haciendo uso de recursos literarios.

 

La composición de los libros

 

Se escribe de muchas maneras. Cada antropóloga y antropólogo tienen la suya propia, a veces llena de mañas personales. Los manuales dirigidos a estudiantes de ciencias sociales intentan encauzarlos en una rutina que puede garantizarles el dominio del oficio, con el rigor científico necesario para la realización de la etapa final de toda investigación: la redacción de sus resultados. Todos saben que los manuales ayudan de buena fe a iniciar al novato en las artes del gabinete, pero a la larga, cada quien se acomoda a practicarlas como mejor le salen las cosas, tras la experiencia de muchas pruebas.

Los problemas prácticos en la escritura de la antropología son muchos y varían las formas como se resuelven los dilemas que involucran. Uno es la decisión sobre el asunto que se abordará, el cual suele ser diferente al enunciado en el proyecto original de la investigación pues por lo regular ésta se encamina en derroteros inesperados que, con frecuencia, llevan al hallazgo del problema oculto tras el tema inicial.

No por nada, la concepción del título de una obra puede decirse que constituye —en sentido figurado— la mitad del trabajo para escribirla. En broma, pero con mucha verdad, suele decirse que, al descubrirse el título de un libro se obtiene la mitad de éste y ya sólo queda… escribirlo. Tal vez porque al hallarlo se tiene el enunciado que sintetiza la problemática que se desea desarrollar, la tesis que sobre ella se planteará y el enfoque que se adoptará.

Una vez decidida la cuestión que se trartará y el título que la sintetiza, sobre todo cuando se trata de escribir un libro, el antropólogo suele preguntarse si hace o no un guión. La prudencia lo aconseja pues aunque hay quienes escriben sin uno, un libro antropológico se ayuda mucho de éste para conseguir una estructura adecuada. Por lo demás, los guiones se arreglan tanto durante la escritura que son reformados o de plano rehechos varias veces.

Con frecuencia, el guión de redacción es insuficiente para planear una obra, en cuyo caso es necesario diseñarla con la ayuda de alguna gráfica, dibujo o líneas que permitan imaginar el hilo argumental, ordenar las partes constitutivas, el momento en que cada una aparecerá y el modo como lo hará. Lo que se pone en juego es la capacidad del antropólogo para integrar un todo.

Si cuando él se dispone a redactar, tiene la mayoría de las respuestas que se hizo al iniciar su investigación, la pregunta es: ¿Cuál es la manera más eficaz para exponerlas? La literatura muestra múltiples posibilidades para hacerlo de modo conveniente, conforme al contenido de las propias respuestas obtenidas: hacer una historia lineal en sucesión cronológica, ensamblar varios tiempos simultáneos, usar del suspenso antes de revelar el enigma inicial, hacer un relato que vuelva al principio, articular varios hilos argumentales, poner al autor mismo como protagonista o, por el contrario, poner como la voz relatora a un personaje vivo o fallecido del pueblo o región estudiada, empezar por el final, etc. En la elección de la forma que se le dará al libro radica muchas veces la suerte de la redacción; por lo tanto, amerita toda la atención necesaria y el tiempo suficiente para pensarlo con detenimiento.

En ocasiones, hay que escribir de cierta forma sólo “porque sí”, porque sentimos que esa es la adecuada, por más que no sepamos bien a bien por qué. Ya habrá tiempo luego para comprender qué nos llevó a decir las cosas de esa manera, con seguridad guiados por alguna intuición. Sin embargo, sólo hay que hacerlo de manera excepcional pues siempre es mejor tomar decisiones reflexionadas y derivadas de un estudio cuidadoso de las alternativas.

Entre otras de las decisiones está la de si se escribe un ensayo previo, para luego emprender la escritura del libro. Sólo que se corre cierto riesgo. El género del ensayo, aún el calificado de “científico”, tiene la ventaja de dar cabida a ideas sustentadas o no sobre un tema que el antropólogo no se atrevería a publicar de manera formal; pero como le da la libertad de exponer pensamientos que sería incapaz de poner en un libro, aprovecha para darlos a conocer como testimonio de lo que le sugirieron los datos en su imaginación. De ahí que ese ensayo pueda resultar mejor que el libro posterior, debido al cúmulo de hipótesis, inferencias, orientaciones, impresiones e ideas novedosas que puede albergar, pero que luego son podadas en la futura obra debido a los muchos y heterogéneos escrúpulos del investigador.

De ninguna manera hay que desechar el libro por esa razón. Éste es como una sinfonía que, si está bien lograda, constituye una visión global e integral de su autor sobre una materia. El ensayo es como una canción que sintetiza el meollo de la misma. Sinfonía y canción, libro y ensayo se complementan. Mejor se hace si se practica la escritura de ambos.

En ocasiones, puede suceder que se emprenda una obra ambiciosa y se descubra que, habiéndose propuesto construir —hablando en sentido metafórico— una capilla, se esté en realidad levantando una catedral, lo cual puede sobrepasar los ánimos y capacidades del constructor. En esos casos, debe reconocerse con honestidad que a veces hay que renunciar, cuando tras algunos intentos es imposible culminar el trabajo. Es triste hacerlo, pero el ensayo puede recuperar en algo las ideas del autor. Como aquel pintor que, tras emprender la hechura de un mural, decide dejarlo cuando fracasa luego de empezarlo varias veces y a cambio, pinta un cuadro de caballete donde recoge una síntesis de lo que hubiera querido hacer. Sin embargo, hay que cuidarse de convertir esos cuadros en artimaña para no hacer nunca un mural que exprese a plenitud toda la ambición y creatividad del antropólogo.

Por otra parte, siempre es posible hacer de un fracaso un éxito, en la medida en que, como en el ajedrez, lo primero permite darse cuenta de las oportunidades desaprovechadas y las jugadas que provocaron la derrota. Los errores cometidos permiten identificarlos para evitarlos en la planeación de otro libro; no por nada una buena equivocación ayuda a pensar en mejores maneras de hacer las cosas.

Por alguna razón, poco se platica entre los y las colegas sobre lo que cada uno hace o piensa respecto del fichero y el guión de redacción, pues les puede parecer que sonaría a confesión de la cual avergonzarse. En cambio, suele platicarse con más vivacidad sobre la manera física como cada quien escribe. Los hay que lo hacen con lápiz sobre hojas recicladas, otras con bolígrafo sobre papel “revolución”, otros con pluma fuente en hojas blancas, unas en una máquina de escribir y otros sobre la pantalla de una computadora. Quizá la mayoría escriba sentado, pero hay quienes lo hacen acostados o en alguna extraña posición. Muchos necesitan consumir café, muchas lo toman fumando, otros consumen caramelos y otras se olvidan de comer. Unos escriben frescos al amanecer, otras sólo pueden hacerlo de noche.

Cada quien tiene sus caprichos. Unos prefieren música de fondo, otras dicen que eso altera las emociones afectando el raciocinio, por lo que sostienen que el silencio absoluto es indispensable. Sin embargo, hay quienes pueden escribir en medio del barullo o de plano lo necesitan; y otras escriben en su cuarto de trabajo que desearían sólo y silencioso, pero donde entran y salen personas para tratarle todo tipo de asuntos, a veces banales, como se quejaba sor Juana Inés de la Cruz a quien la atormentaban sus compañeras en el convento:

 

[…] estar yo leyendo y antojárseles en la celda vecina tocar y cantar: estar yo estudiando, y pelear dos criadas y venirme a constituir juez de su pendencia: estar yo escribiendo y venir una amiga a visitarme, haciéndome muy mala obra […] y esto es continuamente, porque como los ratos que destino a mi estudio son los que sobran de lo regular de la comunidad, esos mismos les sobran a las otras para venirme a estorbar […] [5]

 

No falta quien redacte en su mente dictando a una secretaria o a una grabadora. Si bien para algunos esto es un recurso para flojos, tiene la ventaja de rescatar lo que se habla sobre un tema pues suele explayarse mejor un investigador cuando lo hace a viva voz, que cuando debe exponerlo por escrito. De hecho, con frecuencia se describe y explica las cosas platicándolas de modo espontáneo con expresivo entusiasmo y claridad; pero tras correr al papel para escribir lo que con tanta lucidez se explicó a un colega, el cerebro se pone en blanco; amén que por escrito es imposible usar gestos, lenguaje corporal y modulaciones vocales, con los cuales algunos se expresan mejor. Sin embargo, el recurso de redactar usando una grabadora sólo es útil para quienes no se paralizan cuando se enfrentan a una grabadora.

Por cierto, hablando de aparatos, la computadora ha resultado a muchos un instrumento formidable para la escritura. Desventajas aparte, hay que reconocer las facilidades que proporciona; baste mencionar sólo la enorme capacidad que tiene para suprimir errores, pulir redacción y agregar o eliminar palabras, frases o párrafos, en comparación con el uso de líquidos y papeles correctores de antes. Ahora es posible corregir el borrador una cantidad incomparable de veces, muchas más que en el pasado. Con todo, dada la tensión nerviosa y el cansancio de los ojos que produce trabajar con una computadora, seguirá siendo algunas veces más delicioso escribir a mano. La silenciosa comunicación con el noble papel a través de un lápiz o una pluma fuente en el escritorio es con mucho más agradable, aun cuando tarde o temprano un manuscrito debe pasarse en limpio. En verdad, la antropología siempre estará en la cabeza del antropólogo, nunca en su máquina procesadora.

Infaltables auxiliarles resultan los diccionarios de cabecera. Nunca se tienen los suficientes pues los antropólogos se enfrentan a todo tipo de temas. Por supuesto, requieren diccionarios del español de España, México y otros países, otros de mexicanismos, nahuatlismos, mayismos, purepechismos, etc.; y del español rural y hasta del “chingolés”. Sin duda, es preciso tener a la mano diccionarios de sinónimos, antónimos, ideas afines, dudas del idioma español, etc. Manuales de ortografía y redacción. Ni que decir de los diccionarios de otras lenguas, tanto americanas como europeas sobre todo, pero hay quienes necesitan de otros continentes. Asimismo se requiere a veces de diccionarios especializados en todo tipo de campos: geografía, botánica, antropología general, lingüística, arqueología, arquitectura, filosofía, cine, milicia, tipografía, etc. Todos ellos a la vez que diccionarios enciclopédicos, enciclopedias y otras obras de referencia (atlas geográficos y manuales diversos). De verdad, nunca se tiene los suficientes. Pero si alguien pretende tenerlos todos, mejor que desista: visite la sala de libros de referencia en la Biblioteca Nacional de México, donde descubrirá metros y metros de estantes preñados de todo tipo de diccionarios y enciclopedias, que sería imposible guardar en su domicilio sin correr el riesgo de un derrumbe de la construcción por el peso acumulado, amén de que a la mayoría le es difícil disponer de tanto espacio. Como sea, una buena colección de diccionarios seleccionados es siempre útil compañía en la soledad del antropólogo escritor.

Sea cual sea la forma como se redacta, cuando se termina el primer borrador —inmensa satisfacción aparte— se corrige una y otra vez. Algunos lo hacen leyendo en voz alta, otras en silencio frente a su pantalla de la computadora, otros prefieren corregir sobre un impreso, otras después de dejar descansar el texto por un buen tiempo. Ésta última es una costumbre muy recomendable pues luego de trabajar tanto en un manuscrito, llega un momento en que es difícil darse cuenta de errores y equivocaciones a veces elementales (como escribir: “los danzantes subieron arriba” o “los mayordomos entraron adentro del templo”, así como de datos equivocados y contradicciones internas en el contenido. Por añadidura, tras dejar de ver el texto y dedicarse a otros asuntos por unos días o semanas, se regresa a éste con ojos diferentes y suele el antropólogo ser capaz de leerlo como si fuera un lector cualquiera y no el autor.

Ya en este punto es frecuente caer en la cuenta que el título —concebido con tanto trabajo en un principio— es inadecuado para lo que resultó plasmado en el manuscrito. Un ajuste o un cambio total del enunciado es necesario en ese momento, una vez seguros de cuál es el meollo del libro terminado. El propio autor va entendiendo mejor cuáles son las ideas centrales de su escrito conforme lo va elaborando y corrigiendo. Como se dice que alguna vez sostuvo C. Wright Mills con razón: nunca se aprende tanto sobre algo como cuando se escribe sobre ello.

Cuando el contenido está bien logrado, la corrección de un borrador es una fase del trabajo muy placentera, para algunos la mayor de todas pues equivale a pulir una piedra de carbono cristalizado para obtener un diamante. Sin embargo, hay quienes no corrigen nunca, terminan de redactar un texto y lo dan por terminado; algunos porque su habilidad con las palabras y su magnífica claridad intelectual es tal que les permite darse ese lujo, algunas porque mejor prefieren emprender otra investigación (cuyos resultados a su vez redactarán rápido para deshacerse de ella y dedicarse a otra y así en lo sucesivo) y algunos porque esperan que los editores se encarguen de transformar sus garabatos en una obra digna de un Premio Nobel o, al menos, un “Premio inah”. En verdad, el autor es el responsable de su manuscrito y más le vale no contar con que un corrector de estilo logre convertir un mal escrito en uno bueno.

A veces, algunos suelen asumir la escritura como una pesada y fastidiosa obligación. En vez de disfrutarla, la eluden o la terminan lo más pronto posible para cumplir con su obligación laboral, iniciar un nuevo lance, cambiar de aires o desprenderse del compromiso, sin darle suficiente atención a la calidad de su texto. Sobra decir que, cuando eso ocurre, se nota; en cuyo caso, la lectura de tal trabajo puede resultar tan desagradable, como al autor le pareció su escritura.

En fin que, al respecto, hay todo tipo de testimonios y anécdotas que suelen resultar tema de sabrosos comentarios entre los colegas, quienes en esto, por fortuna, evitan hacer dogmas. Más bien, ellos suelen intercambiar todo tipo de experiencias, sugerencias, trucos, recetas y mañas para mejor escribir.

Dados los numerosos casos de colegas que han producido de manera heterodoxa buenos artículos y libros, de poco serviría hacerles críticas metodológicas por su desapego a la rutina académica para obtener datos, clasificarlos, archivarlos, analizarlos y escribirlos. Sobre todo si se descubre que sólo un porcentaje reducido de antropólogos práctica su oficio de manera ortodoxa, mientras la mayoría tiene su propia “manera de matar chinches”.

Pasando al cuerpo de la escritura misma, es notable cómo puede aprenderse de quienes a ella se dedican. Al fin y al cabo, en tanto la antropología la practica, le vienen bien sus consejos y experiencia. Por ejemplo, Kundera en El arte de la novela trata sobre lo que en sentido figurado podría llamarse “la arquitectura” de un libro.[6] Por su parte, Günter Grass nos enseña qué tan importante es la primera frase de un escrito y lo hace con razón, si recordamos a Rulfo quien inicia de este modo su memorable novela Pedro Páramo:

 

—Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo.[7]

 

García Márquez, en su Cien años de soledad:

 

Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo.[8]

 

Y el clásico y siempre espléndido ejemplo, Cervantes en Don Quijote de La Mancha:

 

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor.[9]

 

Por su parte, José Emilio Pacheco señala —tal vez siguiendo a Paul Valery— que un texto nunca se termina, sólo se abandona y aún eso sólo es temporal, hasta que la muerte lo convierte en definitivo. Él sigue corrigiendo siempre incluyendo sus obras publicadas: corrige sin descanso, una y otra vez matando imperfecciones. En efecto, un libro no se acaba, se deja cuando no se puede seguir más con él o se considera que ya fue suficiente el esfuerzo que se le ha dedicado… por el momento.

Como lo saben todos, de hecho es mentira que el análisis y la redacción sean etapas separadas de una investigación. Al escribir se siguen atando cabos que han quedado sueltos; y aún cuando se hagan por anticipado elaborados análisis de los datos, se lleva a cabo uno adicional pues al redactar se reflexiona sobre lo que se está escribiendo. Todavía al corregir el borrador se afinan ideas, se desechan hipótesis y se piensan otras. La escritura es más que la redacción, es una recreación analítica de los temas de estudio que, después de todo, nunca se terminan de estudiar en realidad.

Todo esto siempre y cuando se haya logrado tomar la pluma para hacerla escribir….

  

De la escritura científica a la humanística

 

En literatura, el escritor da rienda suelta a todo lo que su imaginación pueda darle. El antropólogo debe sujetarse a una disciplina que le exige decir sólo lo que puede demostrar, como si existiera un divorcio entre la descripción imparcial del objeto de estudio y las consideraciones intuitivas del pensamiento propio.

Es posible que por esa circunstancia, algunos antropólogos incursionen en el mundo de las letras escribiendo novelas, cuentos y poesías. Sin embargo, en la escritura de obras antropológicas a veces se abstienen de hacer uso de su habilidad con las palabras. Hay quienes deslindan su personalidad de escritores de la de antropólogos usando seudónimos para publicar su obra literaria.

¿Se trata acaso de una eterna lucha entre la objetividad a la que están obligados en la antropología y la subjetividad de su vida intelectual?, ¿Por qué algunos se desdoblan en escritores y antropólogos como si fueran personas diferentes? Tal vez porque encuentran que hay cosas que no pueden decir en antropología y por tanto, acuden a la poesía, el cuento, la novela y el ensayo literario para expresar lo que creen que queda en el tintero: una variedad de vivencias e imaginaciones que parecen impedidas de aparecer en un texto científico. Pero, ¿tiene por fuerza que ser de este modo?, ¿acaso sería posible que un libro antropológico recupere parte sustancial de lo que algunos dejan para la poesía o la novela?

El antropólogo y la antropóloga con habilidades literarias y poéticas tienen abierta la posibilidad de integrar escritura científica y literaria. La creatividad intelectual puede aceptar este reto articulando, por ejemplo, poemas como epígrafes colocados en un libro de manera tal que contribuyan a la comprensión de un tema señalando, por ejemplo, su meollo filosófico, su trascendencia histórica o su naturaleza humana. Como se sabe, dado que la poesía tiene gran capacidad para captar la esencia subjetiva de las cosas, es un valioso instrumento para hacer descripciones de una manera que sería imposible en términos académicos. O ¿de qué manera si no con la poesía se puede decir mejor que los derroteros de un pueblo, como los de la vida de un individuo, no tienen un destino que alcanzar, ni otro al cual retornar, sino sólo uno donde reemprender una y otra vez su historia?:

 

No es la muerte,
no llegará la herrumbre a nuestro pecho,
son las palabras como besos
que van llevando el corazón hacia otro puerto
adonde no habrá llegada ni regreso.[10]

 

El lector puede imaginarse una monografía antropológica armada como una novela. Sin renunciar al rigor científico, los antropólogos con inquietud abierta pueden tener el arrojo suficiente para fundir ciencia y literatura. La antropología mexicana tiene algunos ejemplos conocidos, como es el caso de Juan Pérez Jolote, biografía de un tzotzil de Ricardo Pozas.[11]

Quienes entre los antropólogos carecen del don de la literatura, algunas veces acuden al ensayo —como ha quedado dicho— para sugerir ciertas ideas que no se atreven a sostener porque les es imposible probarlas. Sucede que durante una investigación científica, los antropólogos van conformando una visión de su problema de estudio que puede ser en sí misma interesante, aun cuando sean incapaces de demostrarla porque carecen de fuentes suficientes, datos contundentes o argumentos convincentes.

El miedo a ser considerados merolicos, aventureros o simples tomadores de pelo paraliza muchas veces su escritura. Por eso el temor a poner el corazón en ella y la preferencia del cerebro como musa. Tienen miedo a escribir lo que piensan porque pueden ser conclusiones personales sin respaldo y les acosa la duda: ¿se pueden hacer afirmaciones en antropología?

Hace unos años, una colega pergeñó la feliz idea de llevar a cabo una reunión donde un grupo de antropólogas y antropólogos relatara y analizara una experiencia personal de campo. Quien esto escribe seleccionó una modesta y breve en un pueblo chinampero de la cuenca de México, la cual se prestaba para ese experimento intelectual y lúdico. Cuando el texto de ese relato fue sometido luego a discusión en el Seminario de Historia, Antropología y Filosofía de la Antropología en México, su autor lo acompañó del artículo “científico” publicado que había escrito con la información recolectada en dicho lugar.[12] En esa ocasión sucedió que un colega le comentó:

—Dices más en tu relato que en el artículo científico.

¿Qué contenía aquel relato que había sido callado en el trabajo académico?, ¿Acaso los antropólogos están perdiendo información e ideas pertinentes, al eliminar de manera sistemática —y por alguna razón— aspectos de las vicisitudes durante su trabajo en el campo, el laboratorio, el archivo y la biblioteca?

Al conocer la historia de una investigación de manera similar a como algunos la registran en sus diarios de campo o la platican con informalidad en una cafetería o una cantina, pueden percibirse elementos subjetivos que desaparecieron en el artículo o libro donde recogieron sus resultados. Tales componentes pudieron ser anécdotas, impresiones, emociones, reflexiones, ocurrencias, preguntas y sentimientos íntimos que suelen considerarse irrelevantes al redactar antropología formal. Al escribir se hace caso omiso de la biografía, la cultura personal y las vivencias propias, las cuales con harta frecuencia suelen ser fuente de inspiración e interpretaciones, porque contienen alguna de las claves para explicar la realidad que estudia el antropólogo.

En una ocasión, el autor de estas líneas leía los diálogos de una pastorela que, en el siglo xix, se interpretaba cada mes de diciembre en cierto pueblo de la sierra michoacana. Tomando en consideración otro tipo de representaciones que allí se efectuaban, se percató de que los purépechas convertían varios lugares del asentamiento en escenarios teatrales durante el transcurso del año. Poco después supo que aparte de los hombres y las mujeres que desempeñaban papeles, se sacaba del templo y las capillas a las imágenes religiosas para que éstas representaran a su vez, personajes estelares o complementarios.

Esto le recordó los “nacimientos” navideños que las familias de la cuenca de México han acostumbrado montar desde el 16 de diciembre de cada año, durante las fiestas decembrinas, sobre una mesa cubierta de heno y musgo convertida en un verdadero escenario teatral en miniatura, donde figuras de barro cocido representan las escenas del nacimiento de Jesús en Belén. Durante su infancia lo pudo ver en casas de familias que conocían bien la tradición; allí pudo darse cuenta de que, para empezar, el nacimiento estaba formado por un escenario que representaba un rancho del campo mexicano, en donde se movían figuras que iban apareciendo como personajes determinados moviéndose poco a poco, conforme avanzaban “las posadas” y con ellas la historia del nacimiento de Jesús. Algunas que eran colocadas desde el principio se iban cambiando de sitio; por ejemplo, aquellas que representaban a los pastores con calzón de manta se iban agrupando, primero, en torno a la figura del Diablo y luego, alrededor de la del niño Jesús, cuando éste era arrullado y acostado el día 24 en la noche, poco después de que las figuras de María y José “llegaban” sobre un platón a pedir posada, y eran colocadas junto a un pesebre contando con la actuación de los miembros de la familia y sus allegados que daban voz a la pareja y al posadero mediante cánticos especiales. Con posteridad, las figuras de los reyes magos llegaban el 6 de enero, luego de irse acercando día a día como si hubieran hecho un largo viaje. Todavía después, al niño Jesús se le “levantaba” el 2 de febrero, día de La Candelaria. Total que eran unos “nacimientos” donde los personajes de barro y de carne y hueso aparecían y se movían constantemente representando en varios actos un relato del Nuevo Evangelio, usando varios puntos del pequeño escenario y espacios interiores y exteriores de la vivienda familiar donde todo tenía lugar.

Fue fácil asociar esos recuerdos con la etnografía de la sierra de Michoacán. Ello permitió al autor darse cuenta que el casco urbano del pueblo serrano que estudiaba, fungía como escenario para representar en varios episodios una historia bíblica, la cual era reconstruida durante todo el año como parte de la del pueblo purépecha. Los habitantes del poblado, las imágenes religiosas y algunos animales domésticos representaban los papeles necesarios para relatar dicha historia. Incluso quienes parecía que sólo observaban, tenían un papel: justo el personaje de “pueblo”.

El poblado era como un “nacimiento” de tamaño natural que se convertía en Belén, hasta el punto de simular la estrella que marcaba el lugar donde “nacía” Jesús el 24 de diciembre de cada año, colocando una lumbrera sobre la punta de un largo palo en casa del carguero que tenía su imagen. En otra época del año, otros sitios del poblado eran convertidos en los lugares donde tenía lugar la pasión de Cristo y otras conmemoraciones. Eso permitía, al contar una y otra vez los capítulos de una historia sagrada, hacerla vivir a todos como propia, como si estuviera ocurriendo de nuevo en su propio poblado renovando mensajes morales, transmitiendo valores comunes y recordando obligaciones colectivas e individuales.


Representación de La Pasión de Jesús en la sierra de Michoacán (Charapan 1973)

Si el autor hubiera ignorado su propia cultura, pudo haberle pasado desapercibido este sentido de aquellas representaciones teatrales y la asociación integral de ellas. En cambio, al considerar su impresión subjetiva y el conocimiento y experiencia personales pudo usarlos como inferencia etnográfica y, a la vez, como recurso literario, al escribir sobre dicho poblado.

Parece que es innecesario renunciar a la apreciación subjetiva de la realidad, incluidas las emociones que ella nos produce. Aunque bien está que un principiante se ejercite primero en la observación y análisis objetivos despojados de especulaciones sin fundamento y sensaciones psicológicas sin razonamiento, para que, una vez adquirida la disciplina antropológica, pueda usarla con creatividad. De la misma manera que algunos pintores vanguardistas que se iniciaron aprendiendo en una academia, luego dieron rienda suelta a su propia creatividad. Como puede constatarse en el Museo Anahuacalli donde se conservan los dibujos escolares de Diego Rivera, los cuales muestran su juvenil dominio del dibujo clásico, el cual algunos creen que era incapaz de hacer al ver los murales que pintó luego de aprender un oficio, que supo liberar a su propio impulso.

  

El libro: una obra total

 

Cada quien escribe antropología como Dios le da a entender y nadie puede sostener que la suya sea la manera más eficaz de hacerlo, pero sí una de las varias y productivas que pueden practicarse. Entre ellas está la que articula razón científica y visión humanística, esto es, objetividad y subjetividad, porque recupera las dos formas de conocimiento del antropólogo: su fría observación y sus impresiones personales.

De todo lo dicho debe evitarse concluir que aquí se propone convertir la obra antropológica en una narración fantástica. De ningún modo se sugiere despojarse del escepticismo y hacer que los prejuicios, las impresiones, los delirios y las ideas religiosas, esotéricas y mágicas de la antropóloga o el antropólogo pasen a formar parte de sus escritos sin discriminación alguna debilitando la comprensión científica sobre el hombre, su sociedad y su cultura. Hacer eso sería charlatanería. Lo que en este artículo se dice es que, con el debido rigor y seriedad, pueden incorporarse las diferentes formas de adquirir información reconociendo que la subjetividad suele contener elementos útiles de comprensión de la realidad que, sometidos a su debida crítica, pueden considerarse en un estudio cuyos resultados puedan vertirse en un relato científico cargado con las intensas emociones que al antropólogo le producen sus exploraciones. De manera tal que el autor logre transmitir al lector la capacidad de asombro y la conciencia de las implicaciones del fenómeno humano, haciendo uso de recursos literarios cuando ello ayude a lograr  este objetivo.

Siempre y cuando el uso de una anécdota, por ejemplo, evada la superficialidad y busque hacer pensar al lector. Esto es, el recurso literario en manos del antropólogo, como en la del escritor, es un instrumento para reflexionar sobre asuntos de fondo. En el entendido que ninguna percepción tiene valor científico sin sus respectivos fundamentos y su debida verificación.

El antropólogo procura ser riguroso en sus descripciones y análisis para evitar el fraude intelectual y garantizar que sus artículos y libros sean una ayuda para comprender mejor el pasado y el presente de la humanidad en general y del pueblo al cual pertenece en particular. Ello hace la diferencia entre la fantasía literaria —necesaria para alimentar la imaginación— y la reflexión antropológica —necesaria para la comprensión científica—. Pero asimismo puede buscarse la manera de aprovechar las maneras subjetivas de conocimiento que intervienen en el trabajo de los antropólogos. De ambas fuentes puede nutrirse su escritura.

Por eso, el esfuerzo de convertir la experiencia de investigación en antropología escrita puede ser una delicia para el antropólogo, si funde ambas vertientes en un sólo escrito evitando el innecesario desdoblamiento de sus facetas científica y humanística y procurando combinar las formas de conocimiento y las de percepción. Con ese proceder, él puede cumplir su misión social de poner por escrito el análisis de sus datos y el testimonio de lo que aprende observando y sintiendo, pensando y comprendiendo.

Un libro antropológico es una obra total, en la medida que involucra la cosmovisión personal de su autor. Un libro comprende todo, abarca un mundo por completo, por pequeño que sea aquel al cual esté dedicado (así sea el cuerpo de un sólo individuo, la manera de hablar de unas cuantas personas, los restos de una pequeña vivienda mesoamericana, la etnografía de una única familia o la vida de un solo informante). Tal como ocurrió con la obra Los hijos de Sánchez de Oscar Lewis. Por esto es importante su concepción global: desde su carátula hasta su colofón y la cuarta de forros; su estructura por sí misma ya debe decir algo; lo mismo el eslabonamiento de capítulos, el hilo argumental y en fin, la visión de los problemas a los cuales está dedicado expresada en la forma como están organizadas y presentadas en conjunto todas y cada una de sus páginas.

Por añadidura, el libro antropológico constituye un esfuerzo testimonial pues consigna la entrega del autor a un fragmento de la humanidad (intentando comprenderlo en una región del mundo); el entusiasmo puesto en la tarea; y los momentos durante la investigación que lo conmovieron y la manera como ésta lo transformó a él, a su manera de pensar y a sus emociones. El libro del antropólogo es fruto de la pasión por su trabajo, testimonio de la misma.

El éxito o fracaso de esta empresa está en la propia mesa del antropólogo, quien siempre sabe cuándo ha logrado lo que se propuso conforme a sus propias expectativas. Cuando un libro antropológico está bien logrado, enseña a entender al lector con la mirada de un antropólogo que pudo aprender algo.

Una vez publicado, lo que ocurra después con la obra es lo de menos pues ni la buena crítica ni la fama pueden ser las metas de su autor. Escribir antropología con ese propósito es inútil cuando puede hacerse con fines nobles. El solo hecho de obtener una visión global de una aldea de pescadores mayas en la antigüedad mesoamericana, una hacienda agroganadera decimonónica y su región de influencia, todo el estado de Chihuahua o un minúsculo rancho mazahua en el siglo xxi, es un logro tan grande que, por sí mismo, llena el corazón de una estudiosa o un estudioso que haya dedicado su vida a la antropología con una vocación científica y un compromiso social.

En estas circunstancias, la mesa del antropólogo puede ser, más que la sepultura de sus ambiciones, la forja donde todo confluye para revivir el pasado y el presente: el escenario de su combate para comprender el sentido que las cosas tienen para las mujeres y los hombres, sus sociedades y sus culturas. Es verdad que esa mesa es, por muchas causas, de tormento, pero es el lugar de sus realizaciones, la trinchera donde tiene lugar ese delicioso suplicio de escribir antropología.

 

 Referencias bibliográficas

 

Cervantes Saavedra, Miguel de: Obras completas, t. ii,  recop., est. prel., preámbulos y nts. Ángel Valbuena Prat, México, Aguilar, 1991, 1184 pp. (Col. Grandes Clásicos).

 Cruz, Juana Inés de la:

1980. “Respuesta de la poetisa a la muy ilustre sor Filotea de la Cruz”, Obras escogidas, present. Margarita López Portillo, México, Asociación Nacional de Libreros, pp. 104-5.

 García Alcaraz, Agustín:

1973. Tinujei. Los triquis de Copala, México, Secretaría de Recursos Hidráulicos, Comisión del Río Balsas, 116 pp., cds., mps., fts.

 García Márquez, Gabriel:

1971. Cien años de Soledad, 27 ª ed., Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 352 pp. (Col. Grandes novelas).

Kundera, Milan:

1989. El arte de la novela, trad. Fernando de Valenzuela y María Victoria Villaverde, present. en solapa Aurelio Asiain, 1ª reimp., México, Editorial Vuelta, 154 pp. (La reflexión) [1ª ed. en francés: 1986].

          Rulfo, Juan:

1971. Pedro Páramo, 11ª reimp., México, Fondo de Cultura Económica, 130 pp. (Colección popular, 58).

 Vicens, Josefina:

1987. El libro vacío. Los años falsos, México, Universidad Nacional Autónoma de México, Coordinación de Difusión Cultural, Dirección de Literatura-Instituto de Cultura del Estado de Tabasco, p. 13 (Textos de humanidades).

  

El autor es investigador de la

Dirección de Etnohistoria del 

Instituto Nacional de Antropología e Historia (México)[1]

 

Versión con somera revisión de un artículo publicado en el libro Alarifes, amanuenses y evangelistas. Tradiciones, personajes, comunidades y narrativas de la ciencia en México, coord.. Mechthild Rutsch y Mette Marie Wacher, pról. José Luis Vera, México, Instituto Nacional de Antropología e Historia-Universidad Iberoamericana, 2004, pp. 93-113 fts. (Col. Científica/Serie Antropología, 467).



[1] El autor agradece las sugerencias de los colegas Rosa Brambila y Rafael Guevara Fefer y la revisión de Catalina Rodríguez Lazcano y el anónimo dictaminador editorial.

[2] Vicens1987: 13.

[3] Tal fue el caso del libro escrito por García Alcaraz (1973).

[4] Véase n. 2.

[5] Cruz 1980: 104-5.

[6] Kundera 1989: passim.

[7] Rulfo 1971: 7.

[8] García Márquez 1971: 9.

[9] Cervantes Saavedra 1991, ii: 309.

[10] Frag. de “Ningún puerto” de Carmen Morales Valderrama, en Ningún puerto. Poemas de primavera y desembarcos, Mérida-México, ed. de autor, 1997, p. 32.

[11] Con grabs. de Alberto Beltrán, México, Fondo de Cultura Económica, 118 pp. ils., 1984 (Lecturas mexicanas, 43). [Primera ed.: 1952.]

[12] C. García Mora: “Iztapalapa, tradicionalismo y modernización”. Boletín de la Escuela de Ciencias Antropológicas de la Universidad de Yucatán, Mérida, año 2, marzo-abril de 1975, núm. 11, pp. 11-27.