HISTORIA DE LA ANTROPOLOGÍA EN MÉXICO

LA IMPERTINENCIA DE HISTORIAR LA REPÚBLICA DE LOS ANTROPÓLOGOS MEXICANOS

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Contexto histórico del desarrollo de la historia de la antropología en México durante la segunda mitad del siglo XX.

De izquierda a derecha: el antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán, el arqueólogo y funcionario Alfonso Caso y el presidente de México Gustavo Díaz Ordaz en los años setenta del siglo XX.

 

 
En la república de los antropólogos hubo un tiempo en que se consideró una impertinencia sin justificación académica el que se investigara su pasado removiendo los papeles de archivos inconsultos, buscando en fototecas y fonotecas material olvidado, entrevistando a los sobrevivientes poseedores de testimonios desconocidos, calificando su conducta y examinando sus postulados. Veíase como algo innecesario puesto que siempre estuvieron disponibles historias que algunas figuras notables escribían en sus gabinetes.
    Ellas consideraban que les correspondía hacerlo dado su amplio conocimiento del desarrollo institucional, ya que habían desempeñado cargos desde los cuales tuvieron una visión panorámica. Además, nunca habían dejado de aparecer testimonios, autobiografías, anecdotarios, enumeraciones, semblanzas así como descripciones, evaluaciones y revisiones de revistas, fondos editoriales, proyectos, programas escolares, etc. Todo lo cual constituía una enorme y apreciable fuente de datos, informes, hipótesis y análisis.
    Incluso bien entrado el siglo xx buena parte de ese material conmemoraba los logros de los antropólogos y las instituciones y recogía las semblanzas apologéticas de sus figuras señeras. Escasamente se tocaba la sociología de la comunidad antropológica y de los organismos donde desempeñaban su trabajo. En alguna medida se hacía referencia al contexto nacional y en menor proporción al político. Ni en sueños se imaginaba etnografiar a los antropólogos físicos, a los lingüistas, a los arqueólogos, a los etnólogos y a los antropólogos sociales. Aún estaba por nacer el estudio científico sobre el pasado y el presente del trabajo antropológico.
  

La república de los antropólogos


 La antropología está lejos de ser un ente etéreo que evoluciona sin intervención humana, que se manda a sí mismo y que mueve la voluntad y el pensamiento de sus practicantes. La disciplina antropológica es un trabajo de mujeres y hombres con nombres y apellidos puesto que son ellos quienes la hacen y la desarrollan utilizando las herramientas propias de su oficio.
    La mayoría se agruparon en instituciones o en asociaciones conformando equipos de trabajo, corrientes intelectuales y facciones políticas; otros se movieron solitarios pero sus productos formaron parte del material de uso colectivo. Ha sido un conglomerado de grupos de antropólogos, algunos confederados y otros autónomos. En cada uno de ellos se estructuraron y establecieron relaciones sociales internas y externas.
    Se asentaron dispersos en varias ciudades y poblados a lo largo y lo ancho del territorio nacional desde Baja California hasta Quintana Roo. Pudieron percibirse entre ellos diversas procedencias, diferencias fenotípicas, hablas regionales, afiliaciones de clase. Algunos estuvieron ligados a su tierra, otros fueron inmigrantes, otros emigraron. Otros más eran desarraigados e hijos y nietos de desarraigados, que ya no tenían orígenes adonde retornar ni les importaba no tenerlos o en ellos ya no quedaba nadie que los recibiera. Con frecuencia establecieron relaciones sexuales entre ellos y en ocasiones formaron parejas heterosexuales y homosexuales —a veces endogámicas— formando unidades domésticas. Usaron una o varias indumentarias que en algo los diferenciaron. Comieron y bebieron de ciertas maneras. Poseyeron sus costumbres, sus normas y sus creencias laicas, religiosas y esotéricas. Mantuvieron sus ritos, su normatividad y sus festividades. Los jóvenes les tuvieron poco respeto a sus mayores, se negaron a seguir con sus enseñanzas y ni siquiera les interesó conocerlas. Las antropólogas les ganaron terreno a sus colegas varones; llegaron a ser funcionarias y demostraron mejor, igual o peor manera de proceder. Todos tuvieron mucho en común pero con peculiaridades geográficas, étnicas, clasistas, políticas e ideológicas propias.
    En ocasiones contaron con líderes intelectuales que pudieron o no impulsar ideas políticas pero no la formación de facciones. Por tener ellos mismos un pensamiento creativo y llevar a cabo investigaciones propias “hicieron escuela” generando corrientes o líneas fructíferas de investigación, con sus seguidores en las aulas y en los ámbitos de discusión académica. Impulsaron la creación de seminarios, proyectos de investigación, instituciones, departamentos, revistas, congresos y otros medios que estimularon la producción científica.
También llegaron a tener confabuladores y confabuladoras que obtuvieron el control de las fuentes de trabajo y de los recursos materiales e intelectuales. Congregaron en su entorno a discípulos, ayudantes y aliados con o sin un proyecto intelectual pero con uno político: colocarse en los puestos disponibles y tomar el mando en las instituciones cuando ello les fue posible. A veces las agrupaciones que comandaron se declararon la guerra unas a otras buscando nulificar a sus contrincantes y tratando de imponer su hegemonía.
    Las personalidades llegaron a vivir la eterna triple tentación de los antropólogos: la fama, el dinero y el poder académico. Mas también prosperaron quienes hicieron labor de hormiga fuera de la farándula pues a pesar de sus divergencias compartieron una cultura general: la científica. Regularon y evaluaron su producción mediante la disciplina laboral, el rigor y el cedazo del examen de los colegas. Buena parte de sus integrantes vivió enajenado en sus pesquisas pues más que trabajar para vivir, vivieron para trabajar.

Los antropólogos como objeto de estudio

Amén de aquellos rasgos humanos y sociales, las antropólogas y los antropólogos se asociaron y prestaron su fuerza de trabajo en agrupaciones, instituciones, organismos y dependencias para emprender labores científicas, culturales, sociales y otras que los hicieron sin duda alguna objetos de estudio de antropólogos, psicólogos, politólogos e historiadores. Su actividad es historiable como cualquier otra de uno u otro sector humano, de una u otra región o de uno u otro tiempo. Afirmación de Perogrullo pero inaceptable cuando los científicos consideraban objeto de estudio toda la realidad más allá de sus aulas, laboratorios y cubículos. No imaginaban que algún día esos sitios y sus respectivos pobladores serían objeto de estudio en sí mismos; algo que consideraron fuera de lugar cuando empezó a vislumbrarse.
    Los pioneros en este campo debieron experimentar el menosprecio de sus compañeros, quienes tenían la sensación de que eludían el trabajo de campo, el cual era el único con el que se hacía antropología desde su punto de vista. Quienes habían asumido la tarea de redactar la historia de la ciencia antropológica, y buena parte de los colegas en general, sostenían la postura de que “la historia de la ciencia es la historia de las ideas”. Lo demás era mirar con insolencia detrás de bambalinas o meterse en la vida privada de los estudiosos, lo cual sólo se ventilaba en corrillos y chismes pero nunca en la academia.
    Con certeza sigue siendo necesario conocer el nacimiento, el trayecto y la muerte de las ideas de los ancestros que van quedando como legado intelectual. Sólo que esto ha cambiado pues desde hace varias décadas se incluyen entre los sectores estudiados al de los y las antropólogas, al de las instituciones en las que trabajan, al de los proyectos en que participan, etcétera. Esta rama de la historia de la ciencia tiene ya una posición en la sociedad antropológica donde disfruta de reconocimiento. Se desarrolla con la misma seriedad y dedicación que cualquiera de las otras en las que trabaja un historiador profesional utilizando sus instrumentos y respetando ciertas normas como la crítica de las fuentes, el acomodo cronológico de los datos y la compenetración en los pensamientos, las acciones y las maneras de decir las cosas de una época desde el punto de vista de sus protagonistas.
    De particular interés en la historia de la antropología ha sido el proceso de producción del conocimiento y de las ideas, su aplicación y su difusión. La creatividad es un llamativo tema de las indagaciones históricas, en la medida en que remite al proceso mismo del trabajo científico. Esto es necesario porque permite entender la obtención de una materia prima esencial: los descubrimientos. Por ello es más adecuado rotular estos estudios como la historia del trabajo científico de los antropólogos.
    Atrás han quedado las crónicas dedicadas más a conmemorar hechos y personajes que a estudiarlos. Éstas fueron muy útiles en su época e incluso ahora como registros pero hoy en día la historia y la antropología analizan las características del trabajo antropológico, la labor y la trayectoria de quienes lo llevan a cabo, la formación de sus gremios, la configuración institucional, la fundación de revistas y el surgimiento de corrientes. Poco debería servir esto para levantar bustos de bronce, por más que debe reconocerse que de vez en cuando se siguió usando con fines de promoción política. Sin embargo, su verdadero desarrollo está en la ciencia.
  

Las visiones centroeuropeas y las americanas


Hace décadas las interesantes y necesarias historias de las antropologías anglosajonas y francesas permitían conocer los avances centroeuropeos y sus extensiones estadounidenses. En la actualidad es posible conocer cada vez más sus contextos sociológicos, económicos, políticos, históricos, culturales e incluso militares, gracias a la inclusión de otros aspectos de su trabajo científico junto con el de sus ideas.
    Por diversas circunstancias esas obras fueron leídas en México como historias mundiales. Hoy en día el panorama se ha abierto de manera considerable debido a la masa de publicaciones cada vez más abrumadora del Norte, Sur y Occidente de la propia Europa, así como de los innumerables conjuntos de antropólogos en África, Asia, Oceanía y América. Las antropologías centroeuropeas continúan proporcionándonos un rico material, sólo que ahora comparten el escenario con una impresionante gama de producciones de los otros continentes.
Aquí conocemos, o al menos intuimos, la impresionante producción de los antropólogos en México, Guatemala, Perú, Bolivia, Cuba, Brasil y Argentina por citar sólo siete ejemplos entre otros. Aún está por hacerse una historia del conjunto de los antropólogos de la América meridional. El compendio que lo logre será el resultado de una gran y necesaria empresa cultural.
 

Las memorias mexicanas

 
El interés por la historia del trabajo y la conducta de los antropólogos en México tuvo un poderoso motor en los años sesenta y setenta del siglo xx: la reflexión gremial sobre su propia disciplina motivada por el clímax de la fortísima discusión y el enfrentamiento político e ideológico de esos años. El afloramiento de una pujante izquierda gremial y la expansión del pensamiento marxista provocaron posturas opuestas, y éstas indujeron a todos los bandos a buscar argumentos en el pasado.
    Al final de los años sesenta y principios de los setenta del siglo pasado entre diversas corrientes, una puso en duda la existencia de una antropología mexicana o al menos criticó sus fundamentos dando de ese modo el banderazo de salida a la ofensiva definitiva contra la antropología anquilosada, que presidía una especie de caciquismo intelectual e institucional. Conformada con el propósito político de impulsar a un grupo de autores, tal corriente acompañó a una ola de enjuiciamientos sobre la historia de lo que se había hecho y lo que se estaba haciendo.
    Otra consecuencia fue que a fines de esos años setenta se empezó a historiar con mayor profesionalidad utilizando la bibliografía disponible y algunos testimonios orales. Incluso se propuso una cronología más acorde con el desarrollo de la antropología, sin descuidar su contexto histórico evitando la muy discutible división cronológica en tres periodos: Colonia-México Independiente-Revolución Mexicana.
    También se inició la quiebra de la historia única. Uno de los sectores emergentes escribió la suya en la cual se presentaron como una vanguardia que ascendieó en línea directa desde Bernardino de Sahagún. Tuvo el mérito de crear una visión alternativa a la de los cacicazgos y sus figuras emblemáticas. Así empezaron a proliferar historias facciosas y regionales viniéndose abajo la unificadora que no ha vuelto a resurgir desde aquel tiempo.
    Cada agrupación de antropólogos tiene una historia propia, tradiciones, leyendas y mitos. Ha sido una constante que toda aquella que logra prosperar y expandirse escribe la suya y la difunde como general, aunque es particular. Cada una da pie para homenajear a sus figuras representativas, colocar sus fotografías en recintos oficiales, montar exposiciones alusivas y levantar monumentos en forma de bustos o de paredes totémicas acompañadas de mensajes para la posteridad.
    El pasado de los antropólogos incluye los procesos protagonizados por ellos y las instituciones, así como la memoria que escriben o transmiten de boca en boca. De tal manera que resulta relevante su historia y lo que no es lo mismo: su memoria. Su historia es la de sus hechos. Su memoria es la imagen retenida y elaborada.
    De todo ese gran conglomerado mexicano se intentó hace dos décadas, en la segunda mitad de los años ochenta, elaborar un panorama histórico con base en revisiones bibliográficas. Pese a sus 15 volúmenes y alrededor de 480 artículos escritos por más de 340 colegas, sólo contuvo una visión somera. Las bibliotecas, las hemerotecas, los archivos y la memoria colectiva y personal en varias ciudades del país siguieron guardando montañas de escritos y datos con un sinnúmero de pistas por revelar, que en esa obra enciclopédica apenas se tocaron si consideramos la magnitud del material disponible.
  

Investigación científica vs. divulgación


La historia y la antropología de la antropología pese a que ya tenían antecedentes más remotos de los que hoy en día puede parecer, hace dos décadas era todavía un campo prometedor. Quienes le dedicaran algún esfuerzo tenían garantizada cierta originalidad y la certeza de toparse con alguna mina de hallazgos reveladores.
    Lo que en ese momento era preciso hacer en el medio científico era investigar formalmente el pasado de los antropólogos mexicanos. Sólo unos pocos las realizaron sin lograr que esa línea de trabajo tomara forma, pese a que era el momento justo de hacerlo. Era la hora de hablar con los protagonistas aún vivos y de asaltar archivos, bibliotecas, hemerotecas, fototecas y fonotecas. Algo de ello se exploró pero quedó mucho por conocer.
    La enciclopedia de las antropologías en México fue propuesta porque eso era lo más factible hacer en esos años. El equipo directivo de la institución que la patrocinó tenía la idea de que ya se había hecho investigación durante los lustros anteriores y por lo tanto, lo que seguía era divulgar el conocimiento de la academia. En efecto, un grupo que anteriormente se había hecho cargo de la institución en la primera mitad de los años setenta promovió la investigación, que era una de las reivindicaciones resultantes de su dura oposición a los cacicazgos institucionales caracterizados por su rezago intelectual y su incapacidad de emprender estudios contemporáneos sobre la problemática del pasado y el presente de México con visiones teóricas ambiciosas y nuevas líneas de trabajo. Tras eso, la política oficial de impulso a las pesquisas originales dejó de interesar y las subsecuentes administraciones le dieron mayor apoyo a la difusión pública.
Ante la escasa posibilidad de hacer una investigación propiamente dicha, quedaba la alternativa de aprovechar la nueva tendencia de quienes ahora canalizaban el presupuesto de la institución, proponiéndoles al menos una obra divulgativa de gran envergadura que coadyuvara al reconocimiento y al arraigo definitivo de la historia de las disciplinas antropológicas como una actividad científica en sí misma.


    Veinte años después de aquellos días cabe preguntarse si se frustró el despegue de una corriente de historiadores e historiadoras científicas dedicados a estudiar el trabajo de los antropólogos. Algo se intentó gracias a un puñado de ellos que tuvieron la impertinencia de incursionar en esa tarea. Con todo, quedó la impresión de que se perdió la oportunidad que brindaba el ambiente psicológico, cultural, intelectual y político de la época para favorecer a esos colegas al colocarlos en una sección de la investigación de punta.
    Por fortuna, a fines de la última década del siglo xx y la primera del siguiente se dieron saltos cualitativos, gracias a que unos pocos realizaron investigaciones científicas sobre el pasado y el presente del mundo antropológico. Entre otras empresas resaltaron aquellas que llevaron a cabo revisiones profesionales de los archivos, consultas esmeradas de impresos de cada época en bibliotecas y hemerotecas, entrevistas prolongadas con los protagonistas e incluso, por vez primera, observaciones participantes in situ. Sin embargo, fueron golondrinas pasajeras que no anunciaron una nueva estación sino el fin de un tanteo.
    La vanguardia antropológica se encuentra ahora en otros estudios como el de la etnografía de la cosmovisión de los pueblos mesoamericanos. Aunque ésta tal vez esté llegando ya al punto de retorno y pronto será rebasada también por otro campo de estudio.
    Diferentes circunstancias pueden volver a hacer pertinente reimpulsar la historia científica de los antropólogos y de su trabajo. De suceder eso, ocurrirá de otra manera a como sucedió en el impulso de los años setenta y ochenta; esto es, será una historia diferente en sus causas, sus enfoques y sus propósitos y la llevarán a cabo estudiosos de otra generación.
  

El ir y venir entre el pasado y el presente


La tentación de rememorar las anécdotas durante una conmemoración siempre es grande. Es un hábito de viejos que tiene alguna utilidad nada despreciable, pero en esta ocasión vale la pena hacer alguna reflexión retrospectiva sobre la pertinencia que aún tiene pensar en hacer historia, sociología, psicología y antropología de la antropología, que fue la frustrada intención original que antecedió a la citada enciclopedia. Por supuesto sigue siendo oportuno ya que aún queda mucho material por revisar y sobre todo porque existe un cúmulo de preguntas por responder sobre cómo se fue configurando el mundo antropológico en México.
    La historia es un instrumento del presente para su aplicación en la polémica y en las consideraciones que anteceden a las medidas prácticas. En consecuencia, las cuestiones históricas que tienen vigencia actual tienen interés para el historiador aunque él evita diluir su esfuerzo sólo en dirimir sus implicaciones actuales, las cuales dentro de cinco años ya formarán parte de la historia también; él sabe que el conocimiento del pasado tiene valor por sí mismo. El pasado por el pasado: conocerlo es un objetivo necesario.
    Hoy sólo quedan unos pocos sobrevivientes de los grupos de uno u otro partido, de tal o cual cacicazgo, que en varias regiones lograron vivir su ascenso y su descenso en la segunda mitad del siglo xx. Como desde el siglo xix, si bien detrás de los pleitos que entablaron personas y grupos hubo antipatías, odios, envidias, celos y pasiones también expresaron enfrentamientos de grupos o facciones y lo que es más interesante, diferencias intelectuales e ideológicas. La historia política de los antropólogos incluyó ambiciones inútiles de las que luego apenas quedaron sus cenizas. Implacable, la rueda de la fortuna subió a quienes la abordaron sólo para bajarlos después. Como haya sido, cambió del todo el escenario donde actuaban los antropólogos mexicanos y donde se extinguieron “las vacas sagradas” sometidas a una censura implacable mientras gobernaron con mano férrea.
A cambio han permanecido las letras con las que los antropólogos, de una ribera del río del tiempo o de la otra, plasmaron su testimonio y sus reflexiones de lo que vieron, de lo que encontraron y de lo que algo entendieron en las regiones rurales, en las ciudades, en las costas, en las sierras, en el trópico, en los bajíos y en los ranchos durante la maravillosa tarea de conocer el complejo mosaico étnico, clasista y cultural que es México. Esto es uno de los propósitos de la historia del trabajo antropológico: el relato crítico y analítico de la empresa científica, intelectual y existencial de los antropólogos al bajar y al subir por las diversas capas del entramado humano para conocerlo y entenderlo. La próxima historia nacional de la antropología en el país bien podría llamarse La aventura de los antropólogos mexicanos.
    Una moraleja entre otras puede derivarse de una retrospectiva de la saturación de aquellas discusiones politizadas de los años setenta del siglo pasado: toda crítica en verdad adecuada debió ir acompañada de un proyecto. Cada problemática académica, teórica o administrativa de aspectos que dejaron de funcionar en las instituciones y en el gremio era necesario revisarla, diagnosticarla y prepararle una alternativa para solucionarla o para volver a fundar otra orientación más adecuada a los propósitos del trabajo antropológico.
    Si acaso parece obsoleta la obra de los clásicos, hágase la que hoy sea la deseada en vez de sólo negarle validez. Las antropologías de los antropólogos crecen realizando investigaciones que producen obras paradigmáticas y modelos de investigación contemporáneos. La antropología crece con monografías. En consecuencia, si la historia del trabajo de los antropólogos ha de continuar haciéndose pese a que haya dejado de estar en la vanguardia científica, la harán investigadores que usando fuentes de primera mano descubran el sentido de las cosas en la palestra antropológica y la expliquen en libros ejemplares. Esa es hoy la forma de hacer la crítica: haciendo la antropología que se pregona.

Carlos García Mora
Dirección de Etnohistoria
Instituto Nacional de Antropología e Historia (México)