JOSÉ GIL FORTOUL

Obra de un historiador positivista en Venezuela

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Semblanza de la vida y la obra del historiador venezolano José Gil Fortoul ubicándolas en el contexto histórico y social de su época.

Anónima 1909 (tomada de Wikipedia)

Entre los años de 1969 y 1971, cuando tomé los cursos generales de la licenciatura en historia en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, el programa de estudios incluía una serie de materias obligatorias tales como la introducciones al estudio de la historia, la filosofía, la historia del arte, el pensamiento económico y político contemporáneo, el pensamiento científico, el pensamiento sociológico y la literatura; así como de la geografía histórica, la historiografía, las técnicas de la investigación histórica, la filosofía de la historia y otras.

Entonces, como ahora, el contenido de dichas materias me pareció excesivamente eurocentrista pues hacía derivar unilinealmente la historiografía mexicana de la occidental. América Latina era una entidad que no aparecía nunca en dichos cursos. Me llamó particularmente la atención el curso de historiografía universal, durante el cual el examen histórico de obras de historia era en realidad un estudio de la historiografía europea. Las historiografía musulmana, la soviética, la china, la africana y la latinoamericana, por ejemplo, estaban totalmente ausentes del curso y por tanto, supeditadas a una motivación o interés particular de los estudiantes, a quienes sólo quedaba la alternativa de hacer sus propias exploraciones por su cuenta y riesgo de la obra de los historiadores no europeos.

Como una reacción ante esa situación, decidí entregar como trabajo final de dicho curso una monografía sobre un autor latinoamericano. Por causas circunstanciales ya olvidadas, el autor que elegí fue José Gil Fortoul, uno de los historiadores venezolanos más conocidos de su país. Con la información entonces recogida escribo ahora este artículo intentando llamar la atención sobre la necesidad de conocer la obra de los historiadores que se ha hecho y se hace en los países de habla española, sin por ello dejar de estudiar la elaborada durante la antigüedad en la cuenca del Mediterráneo y después en los países hegemónicos del centro de Europa. De esta manera puede contrarrestarse el colonialismo cultural en nuestros centros académicos sin perder nunca la necesaria visión universal.

 

La época

 

La vida de Gil Fortoul transcurrió entre los años de 1860 y 1943, es decir, durante dos periodos decisivos: la segunda mitad del siglo xix y la primera xx. El primero fue un período histórico en el cual se formaron los estados Latinoamericanos modernos, mientras los Estados Unidos de Norteamérica proclamaba su destino continental. Aparece una serie de formaciones sociales latinoamericanas emergidas de las colonias españolas, frente a la formación estadounidense ligada a los más dinámicos procesos de la economía capitalista mundial.

Era peculiar en la América Latina de la segunda mitad del siglo xix traducir sus luchas sociales y los conflictos entre las clases en confrontaciones armadas, tanto en guerra civil como en conflictos entre las naciones en formación.

Mientras el apogeo del movimiento obrero en los Estados Unidos producía el memorable l° de mayo de 1886, los movimientos reivindicacionistas en contra de la autocracia se extendían por la América Latina destacando aquellos movimientos presididos por las nuevas clases sociales, que sentaron las bases materiales, institucionales, legales e ideológicas de las futuras burguesías nacionales.

Arropados con el discurso del interamericanismo y el nacionalismo estatal bajo figuras tan contrapuestas como Juárez, Núñez, Guzmán Blanco, García Moreno, Castilla, Montt, Sarmiento, Mitre, Solano López y Pedro ii, se construyeron los estados latinoamericanos mientras Lincoln presidía la reconstrucción de la unión estadounidense.

Durante la segunda parte de la vida de Gil Fortoul, en la primera mitad del presente siglo y ya consolidados los estados nacionales, se habló de la personalidad latinoamericana de éstos frente a la América sajona recurriendo al lema del panamericanismo, el cual en la práctica no era sino la unidad continental bajo la expansión de la influencia estadounidense, una vez cancelada la empresa colonial de España y retiradas las pretensiones europeas sobre América. En efecto, los Estados Unidos aparecieron definitivamente en el asalto y toma del control de los recursos naturales y los mercados latinoamericanos, en abierta competencia con el capitalismo europeo.

En la vida política nacional de los países latinoamericanos queda atrás “la montonera” y surgen el golpe de estado, el caudillismo centralista encabezando la lucha por el poder, y los partidos políticos construidos para seguir a un caudillo y no a un programa.

En la vida intelectual se adquiere cierta independencia con la aparición del llamado modernismo como una manifestación de sensibilidad propia, regional. Esos fueron los tiempos de Gil Fortoul, quien alcanzó a ver cómo muchas tradiciones se fueron desmoronando a partir de la crisis del 29, y presenció el apogeo del fascismo europeo y el militarismo latinoamericano de la década de los treintas, que favoreció a las oligarquías y aplastó la lucha social popular. Excepcional privilegio el de Gil Fortoul: ser testigo de cambios tan dramáticos y profundos. Bastaría un rápido anecdotario mínimo de estos dos períodos para percatarse de cómo nuestro autor fue colocado en un punto que le permitió presenciar la muerte de toda una época y el nacimiento, el desarrollo y la agonía de una nueva.

Estados Unidos, después de la llamada Guerra de Secesión, se reunificó y consolidó para luego marchar hacia su expansión en el continente americano pasando —en sus relaciones interamericanas— de la diplomacia del dólar al de su llamado destino manifiesto y de éste a su política del buen vecino. Esta nación reunificada adquiere Puerto Rico (1899) y una faja de tierra interoceánica en Panamá (1903); interviene controlando las aduanas en la República Dominicana (1905), militarmente en Cuba (1906-1908) y financiera y militarmente en Nicaragua (1909 y 1912-1925); ataca Veracruz (1914) y realiza su expedición punitiva en México (1916-1917); interviene militarmente en la República Dominicana (1916-1924) y de nuevo en Cuba (1917); y después de firmar el armisticio que da por terminada la Primera Guerra Mundial de la cual surge como potencia mundial, interviene en Costa Rica (1919), Haití (1922-1930), Honduras (1927-1933), Nicaragua (1927-1933) y la Guayana Holandesa.

En México tiene lugar el llamado movimiento de Reforma emprendido por diferentes facciones liberales y suspendido temporalmente durante la invasión francobelga de su territorio (1861-1867. El país se sume en una permanente inestabilidad política hasta que se instaura una fracción liberal moderada y autocrática con Porfirio Díaz a la cabeza. La larga dictadura de éste no finalizó sino hasta el estallido del movimiento maderista de 1910, del cual surgió después de intensas luchas sociales, un régimen moderno de gobierno. En la década de los años treintas, México fue una de las excepciones en América con su populismo cardenista.

Durante estos años, Centroamérica sufre la penetración imperialista y las pugnas sociales internas, mientras el Caribe es escenario de constantes luchas armadas y gira en torno a la geopolítica estadounidense.

    En Sudamérica, Brasil pasa del “imperio” a la república para desembocar en la dictadura populista de Getulio Vargas. Colombia ve surgir el movimiento liberal y sufre la separación de Panamá. Perú va del militarismo al civilismo, y de éste al otro, mientras en 1919 nace el apra, uno de los primeros partidos antiimperialistas de América. Argentina mueve su lucha política bajo la consigna de “gobernar es poblar” y la presión de las nuevas corrientes políticas. Bolivia vive la era de los generales y de 1932 a 1935, se enfrenta al Paraguay en la llamada Guerra del Chaco.

En Chile, otra excepción, se dio cierta estabilidad política interna y se construyó una democracia jerarquizada, si bien el país se vio afectado por su intervención en la llamada Guerra del Pacífico contra Bolivia y Perú (1879-1883). Ecuador va de la teocracia al laicismo. Uruguay, una excepción más de estabilidad política, se organizó en república y formó su famosa democracia representativa.

  

La patria

 

La vida política de la Venezuela de Gil Fortoul estuvo presidida por una sucesión de autócratas y déspotas absolutos. En efecto, tras la llamada Guerra Federal (1859-1863) en la que se enfrentaron corrientes federalistas y centralistas emergiendo triunfantes las primeras, Juan Crisóstomo Falcón subió a la presidencia en 1863 acompañado por Antonio Guzmán Blanco como vicepresidente.

Después estalla la llamada Revolución Azul, enfrentamiento interno entre diferentes sectores federalistas, bajo el manifiesto de José Ruperto Monagas haciendo caer a Falcón y llevando a Monagas al poder. Por corto tiempo pues muere poco después. Entonces Guzmán Blanco encabeza a las tropas federalistas que entran en Caracas en 1870 e inauguran la autocracia guzmancista, la sumisión del militarismo, el desmantelamiento de la estructura socioeconómica colonial y el paso al “progreso” liberal.

No fue sino hasta el gobierno de Juan Pablos Rojas (1888-1890) cuando el guzmancismo autocrático perdió predominancia, sólo para dar paso a las llamadas Revolución Legalista del general Joaquín Crespo y la Revolución Restauradora del dictador Cipriano Santos, a la crisis económica y a los conflictos con algunas naciones europeas.

En 1910 Santos es derrocado por la reacción popular y Juan Vicente Gómez torna la presidencia para presidir uno de los más largos regímenes autocráticos concluido hasta 1933. La estabilidad política se cimentó entonces en la prosperidad petrolera con la consecuente marginación de la agricultura, antiguo pilar de la economía venezolana.

Hacia los últimos años de su vida, Gil Fortoul aún pudo contemplar la sucesión de regímenes militares y la aparición del Partido Democrático Nacional después llamado Acción Democrática, de supuesta orientación popular, democrática y antiimperialista, legalizado en 1941. Tal fue la América, tal la Venezuela y tales los años que le tocaron vivir a Gil Fortoul.

  

La vida

 

José Gil Fortoul nació hacia noviembre de 1860 en el seno de una familia de españoles criollos en la vieja ciudad serrana de Barquisimeto fundada en el siglo xvi, importante centro comercial y sede de un obispado a orillas del río con el mismo nombre. Recibió su instrucción primaria en el colegio de La Concordia de la cercana ciudad de El Tocuyo, centro agrícola, ganadero y comercial situado en un valle al pie de la cordillera. Allí mismo cuando Fortoul se acercaba a los 20 años, fundó y redactó el pequeño semanario liberal El ciudadano; después obtuvo el bachillerato en 1880.

 Partió luego a la ciudad de Caracas para estudiar jurisprudencia en la Universidad Central durante el despotismo ilustrado del régimen de Guzmán Blanco, a quien se llamó “civilizador” y “Pericles de la república”. Gil Fortoul  fundó entonces El popular, un semanario de literatura y “variedades”, en cuyo tercer número sostuvo posiciones opuestas a la política de Guzmán Blanco, lo cual le costó la cárcel y la extinción de su publicación. Sin embargo luego recibió de manos del mismo general, un galardón por su triunfo en un certamen literario efectuado con motivo del centenario del natalicio de Simón Bolívar en 1883.

    Fue en la universidad donde Gil Fortoul se adhirió a las corrientes del pensamiento positivista, que por entonces conducían a las ciencias sociales y a la historia por los caminos de la biología y eran animadas por el pensamiento francés de la época (Comte, Renan y Taine) y por el evolucionismo inglés de Herbert Spencer. El positivismo era entonces en América, la ideología que había sido dedicada al servicio de la construcción del orden social y económico propugnado por las nuevas clases sociales en ascenso, sobre las cuales se constituyeron las burguesías nacionales desplazando a las anacrónicas aristocracias criollas. Por ello, todo joven liberal de aquella época era al mismo tiempo un positivista convencido.

Gil Fortoul recibió a través de sus lecturas, la influencia intelectual de José Martí, el pensador y luchador cubano expulsado de Venezuela por Guzmán Blanco; así como la del venezolanista Cecilio Acosta de quien siguió la consigna: “Hilad la seda de vuestro seno, libad vuestra propia miel, cantad vuestras canciones, porque tenéis un árbol, un panal y un nido”.[i]

En la universidad, cuando se despertaba la curiosidad científica de la época promoviéndose los estudios de biología, antropología y sociología, Gil Fortoul fue discípulo de Adolf Ernst y Rafael Villavicencio, promotores del positivismo en Venezuela, ambos catedráticos colocados por el mismo Guzmán Blanco que era un libre pensador como ellos. Ernst, profesor de historia natural, lingüista, físico y etnólogo, era un divulgador de Darwin y promovió la fundación de la Sociedad de Ciencias Físicas y Naturales. Versado en las teorías de Darwin y Haeckel, estimuló el estudio de la filosofía basada en las ciencias experimentales. Mientras el filósofo Villavicencio aplicó el positivismo de Comte en los estudios de historia.

Así, bajo tales influencias y en ese clima intelectual, Gil Fortoul llegó a participar en la corriente de los historiadores y ensayistas que aplicaron a la historia y a los problemas nacionales de Venezuela lo que aparecía como un nuevo criterio científico. Fortoul fue uno más de los intelectuales americanos abocados a exponer y adaptar el positivismo a las necesidades de la lucha de las nuevas clases sociales en ascenso en América Latina. El positivismo era visto como el instrumento ideológico explicativo y justificativo de las aspiraciones decimonónicas de los reformadores anticlericales y liberales, quienes aspiraban a que una nueva clase social presidiese con una ideología propia, el nuevo orden sociopolítico sobrepuesto a la violencia y la anarquía que creían ver en sus realidades nacionales. El positivismo fue “un remedio radical, con el cual trató Hispanoamérica [esto es, su clase liberal,] de romper con un pasado que le abrumaba “.[ii]

Gil Fortoul fue después uno de los principales colaboradores de la revista Cosmópolis, fundada por jóvenes intelectuales para introducir en Venezuela una nueva orientación cultural, liberal y positivista en sustitución del romanticismo hispano francés.

En 1885 recibió el doctorado en ciencias políticas y luego ingresó al servicio diplomático, que lo llevó a residir en Europa por largos años. Fue cónsul en Burdeos (1886), Hamburgo (1886) y Londres (1891), secretario de la legación venezolana en Francia (1892); representante venezolano ante el presidente de la Confederación Helvética en un litigio fronterizo con la Guayana Británica (1893), encargado de negocios en Suiza (1894), cónsul general en Trinidad y en Liverpool (1900), delegado a la Segunda Conferencia Panamericana en México (1902), cónsul general en París (1904), encargado de negocios en Alemania (1906), delegado a la Segunda Conferencia de la Paz en La Haya (1907) y de nuevo encargado de negocios en Alemania (1908-1909).

En 1913 ya en Venezuela, fue presidente de la Cámara del Senado y presidente del Consejo de Gobierno, lo cual lo llevó a encargarse de la presidencia de la república entre 1913 y 1914. Retomó la presidencia del senado al año siguiente, durante el cual se declaró liberal durante una discusión en el Congreso sobre el matrimonio civil.

 En 1916 regresó al servicio diplomático como embajador plenipotenciario ante la Confederación Helvética donde en 1917, se arregló temporalmente el problema fronterizo con Colombia. Fue jefe de la delegación venezolana en la Sociedad de las Naciones (1923) y ministro plenipotenciario en México.

A falta de títulos nobiliarios acumuló membresías y honores. Fue individuo de número de las academias venezolanas de Historia y de Ciencias Políticas y Sociales, presidente de la Sociedad Venezolana de Derecho Internacional, miembro fundador del Instituto Internacional de Sociología de Francia y director de El nuevo diario. Llegó a ser condecorado con el collar de la Orden del Libertador, la Medalla de Honor de la Institución Pública y la Gran Cruz de la Legión de Honor de Francia.

De gustos y aficiones aristocráticas y refinadas, caminante, remero y esgrimista, polígloto y viajero, era todo un representante de su tiempo y de su clase social. Como otros intelectuales de su época, hizo de su obra intelectual la base de su carrera política y diplomática; fue un producto auténtico del nacionalismo burgués. En junio de 1943 muere a consecuencia de un paro cardíaco.

  

La obra

 

Gil Fortoul incursionó tanto en la historia como en la literatura. A los 19 años escribió el poemario Infancia de mi musa, publicado en su ciudad natal. En 1887 publicó Recuerdos de París, y al año siguiente Julián, una novela autobiográfica donde abordó el género psicológico y sensual.

Después aparecen Filosofía constitucional (1890) y Filosofía penal (1891). La primera reeditada en Madrid en 1918. En 1891 publicó El humo de mi pipa, una serie de crónicas, y al año siguiente apartándose excepcionalmente de las letras y la historia, le publican un tratado sobre La esgrima moderna. Después prepara dos novelas de tendencia “revolucionaria” y ambiente nacional, ¿Idilio? (1892) y Pasiones, esta última una obra más intelectual que emotiva o romántica.

En 1909 se publicó en Berlín la primera edición de su obra más importante, la Historia constitucional de Venezuela. En 1915 aparece Discursos y palabras, y al año siguiente De hoy para mañana. En 1931, Sinfonía inacabada y otras variaciones. Tenemos noticia de otras tres obras cuyos datos no hemos podido localizar: Palabras sobre la inquisición de la paternidad, Ensayos sobre antroposociológica y su obra póstuma Páginas de ayer.

Con respecto a su obra histórica puede decirse que Gil Fortoul se esforzó en orientarla en un sentido nacional y en aplicar los llamados postulados científicos de la escuela positivista al estudio y la interpretación del pasado de Venezuela, como puede constatarse en los métodos utilizados para redactar sus crónicas históricas.

Una muestra del papel y las características asignadas por la historiografía venezolana tradicional a la obra de Gil Fortoul son las apreciaciones de Diego Carbonell, quien lo califica de evolucionista y librepensador de la escuela naturalista: “siempre fue un sano y jovial demoledor de las ideas absurdas” de su época. En su obra Filosofía constitucional, agrega Carbonell, se afilió al pensamiento materialista, y en El hombre y la historia se inscribió en la corriente evolucionista. Para Carbonell, la Historia constitucional de Venezuela, el mejor ensayo combinado de Venezuela y Colombia, muestra el pensamiento de un sociólogo y la interpretación erudita de quien maneja las plumas de Mommsen, Taine y Carlyle, y de quien entiende más la crónica del quehacer intelectual y la construcción que la de la guerra y los crímenes. Pero Carbonell discrepa de Gil Fortoul en su juicio sobre la historia de la independencia venezolana pues según este último tal historia había sido escrita sólo desde el punto de vista militar.

Una caracterización más objetiva y menos preñada de un discurso mixtificador la hizo un grupo de historiadores venezolanos, quienes realizaron un estudio colectivo de su obra.[iii] Según éste análisis, Gil Fortoul entendió la ciencia histórica como el conocimiento de hechos humanos pasados susceptible de someterse a un análisis racional. Consideraba a la historia como una ciencia aunque no veía en ella nada definitivo, oponiéndose a la anterior historiografía venezolana entregada a la narración romántica de los hechos. Aunque además consideraba a la historia como un arte, pero buscando que fuera más útil que atractiva. En efecto, según declaró Gil Fortoul, él hacía historia impulsado por el deseo de localizar un camino hacia la renovación estructural y la república liberal: “Por hábito de historiador, yo estudio siempre el pasado; pero es, señores, para buscar en el pasado el origen del presente y para encontrar en las tradiciones de mi país nueva energía con que continuar la obra, que creo útil, de preparar el porvenir”.[iv]

Su concepción histórica era evolucionista, y consideraba cada momento histórico vinculado estrechamente con otros momentos. Consideraba fundamentales la observación y la comparación para encontrar las leyes que en cada circunstancia rigen temporalmente los fenómenos sociales. De esta manera, las constituciones eran para él un reflejo de dichas leyes y por tanto, del estado de un pueblo y de quienes lo dirigen.

Al señalar que ninguna obra histórica era definitiva, se opuso a quienes querían convertir a la historia en tribunal y al historiador en juez o parte de dicha tribuna. Defendía la objetividad de la ciencia histórica en contra de la pretensión de utilizarla para armar argumentos favorables a un sistema social o a un partido político. Era partidario de la observación y comparación imparciales, el análisis objetivo de los hechos y la reflexión sobre la historiografía de su tiempo, sin por ello abandonar la visión crítica o callar las fallas: “El patriotismo no consiste en silenciar o disculpar los errores nacionales, sino en evidenciarlos todos, para corregirlos o para evitar que se repitan”.[v] “Señalar errores pasados y presentes… es tarea, aunque ingrata, indispensable, porque todo eso aparece también e influye en la evolución de todo pueblo”. La objetividad histórica no tenía por qué no verse acompañada de una posición crítica (“yo escribo siempre de acuerdo con mi conciencia”) y comprometida (“el deber primordial de todo escritor consiste en aceptar bravamente las consecuencias de sus ideas y sus juicios”, escribió en su obra póstuma Páginas de ayer.[vi]

Para él, la formación del historiador debía ser amplia, nacida del aguzamiento de la capacidad de observación complementada y confirmada con “la vida y su medio en su infinita variedad de aspectos y matices”.[vii] Comprendía la relación entre la labor del historiador y su función social: “prefiero dedicar mis horas libres a escribir historia política y a promover en mi tierra reformas sociales”, escribió en su Sinfonía inacabada.[viii]

Partícipe de la empresa intelectual e ideológica de las clases liberales del siglo xix venezolano, la cultura nacional era para él una constante transformación en el espacio y en el tiempo, de las ideas y sentimientos de un pueblo, léase: de las clases dominantes. Para él, “el progreso” era obra de una minoría emprendedora, léase: la burguesía nacional, que guiada por un “noble” ideal logra una transformación positiva sabiendo conducir a un pueblo. Como parte de este progreso se hacía necesaria una constante actividad, mediante la cual nuevas ideas modificaran los sistemas de valores de una época determinando nuevos hechos en la vida de los pueblos: “Escribiendo esta historia… el autor ha visto una vez más que las ideas preceden a los hechos y los determinan; que un ideal, cuando noble, es lo único que transforma en cada época al hombre y a los pueblos; que el ideal, en definitiva, es la verdadera encarnación del destino”.[ix]

Optimista frente al futuro al final de su vida, en sus Páginas de ayer sostuvo que la civilización de su tiempo sería transitoria: “mientras la riqueza sea poder dominante, y mientras las clases obreras continúen habitando su infierno de aspiraciones desesperadas y de fortuna sin consuelo, mientras la tiranía del capital exista arriba y la esclavitud abajo”.[x]

 

La patria y su historia

 

Con El hombre y la historia, publicada en París en 1896 y reeditada en Madrid en 1916, Gil Fortoul quiso esbozar una sociología de Venezuela cuyas aportaciones pudieran ser utilizadas en la sociología latinoamericana en general.

 Para llevar a cabo su ambicioso plan estructuró una visión generalizadora abarcando cinco aspectos: la “raza”, el medio físico, la génesis de la república, el personalismo y las revoluciones, y el doctrinarismo y el progreso en Venezuela.

Gil Fortoul adopta la teoría sostenida por De Condolle, según la cual la aptitud natural del hombre se hereda: “los padres son la causa que precede y determina la existencia del individuo”, esto es, “el alma de un pueblo o de una raza es la ‘síntesis de toda su historia y la herencia de todos sus antepasados'”.[xi] Además sostiene la existencia de dos tipos de evolución: una inconsciente donde predomina la raza y el medio, y otra consciente donde predomina la influencia del hombre sobre el medio. Y aunque según piensa, ambos procesos evolutivos van unidos, para él uno es el que predomina; así con el paulatino perfeccionamiento de la organización social, se pasa del predominio de la evolución inconsciente al de la consciente. Para él, el carácter especial de la historia de Venezuela provenía de la combinación de las influencias de los elementos étnicos primitivos, del medio físico y de los factores ocasionales que obran en la evolución de todo grupo social.

En otra parte de su libro cuando pasa a examinar la historia de la república en su país, hace notar lo relativo y lo arbitrario del uso de los términos “conservador” y “liberal”, que no encubrieron más que una simple lucha por el poder. Para él, la propaganda liberal no tuvo consecuencias sociales profundas sino sólo políticas. En efecto, para Gil Fortoul la vida política de la joven república venezolana se desarrolló entre lo que él denominaba “el personalismo” y “las revoluciones”: “Durante muchos años la lucha por el poder no existe entre un partido de programa conservador y otro partido de programa liberal, sino entre agrupaciones ocasionales de hombres que, posponen las teorías de gobierno al hecho de gobernar”.[xii] Por ello, consideraba absurdo interpretar las luchas de los años de 1859 a 1863 como una pugna entre el federalismo y el centralismo pues en realidad fue una guerra entre partidos “personalistas”.

De ello desprendió dos enseñanzas: la de no silenciar ni disculpar los errores pasados y la de erradicar las luchas estériles entre los partidos, a cambio de establecer la supremacía de la vida social sobre “las aventuras del ideologismo político”.[xiii]

Para él, el ideal político de la república consistía en generalizar las tradiciones democráticas y arraigarlas junto a los hábitos legales. Era necesario no organizar más partidos sectarios, que sólo reducían la política a la simple elaboración de teorías para triunfar y obtener el poder personalista. Había que evitar la división en bandos irreconciliables: “a las antiguas luchas ideológicas, es necesario sustituir la observación científica de los fenómenos sociales, para deducir de ella la ley que en cada circunstancia especial ha de regirlos temporalmente”.[xiv] Siguiendo a Spencer, al parecer se pronunció por el orden y el progreso como conceptos complementarios, y se proclamó contrario a los, para él, males crónicos de América Latina: el personalismo y las revoluciones.

Este libro constituye una otra clave donde queda plasmada toda una visión de la vida social y política de la nación, toda una explicación que racionalizó ideológicamente los cambios sociopolíticos promovidos por los sectores sociales, que hicieron del orden y el progreso la consigna de su acción política y la justificación de su actividad económica y de su promoción social. Era la visión histórica de la modernidad de las nuevas clases sociales, que canceló las ideas de la sociedad colonial.

Precedido de esa visión sociohistórica, Gil Fortoul emprendió una de sus tareas intelectuales más ambiciosas: los tres volúmenes de su Historia constitucional de Venezuela. Oponiéndose a su compatriota Baralt, quien consideraba que la historia se hacía a base de la crónica de guerras y crímenes, él se interesó por la obra de la inteligencia y por los trabajos de la paz. Por ello en vez de explorar las campañas militares, estudió la evolución legislativa, intelectual y económica de su patria. Y pensando más en la utilidad que en lo atractivo de su libro, esperó que éste resultara ser “una guía imparcial para el más exacto estudio de la evolución venezolana”.[xv]

A manera de ilustración podemos referir cómo Gil Fortoul analizó en el primer volumen de su libro, la historia de la colonia española en Venezuela. El presenta primero, una descripción de los conquistadores, los “indios”, los “negros”, los “pardos” y los “blancos”; para luego referirse a la organización del gobierno colonial, el régimen económico, el movimiento, intelectual y los precursores del movimiento de independencia. Para él, la decadencia española se hizo evidente en el siglo xix. América recibió de España lo único que ésta pudo darle: conquistadores y leyes ineficaces, debido a la ignorancia, las aberraciones y la fatalidad de los tiempos. Los “indios” no eran ni orgánica ni moralmente inferiores a los españoles (los sacrificios humanos de los primeros eran comparables a la quema de vivos de la Inquisición española). La organización del gobierno colonial fue una imitación del gobierno peninsular, y la política económica de la monarquía un rígido y cerrado sistema económico.

A partir de la independencia de Venezuela, la casta “mestiza” tomó en sus manos la suerte de la patria. Pero como en la colonia española el color de la piel denotaba inferioridad, al final de ésta las castas se odiaban por la diversidad de su origen y por la desigualdad de sus condiciones.

Se detiene Gil Fortoul en hablar sobre la Compañía Guipuzcoana, la cual introdujo las ideas enciclopedistas en Venezuela. Después sostiene que el espíritu revolucionario de fines de la colonia no surgió de la universidad debido a su carácter rígido y retrógrado, sino del proceso de compenetración de las castas originales y la formación de la variedad mestiza que luego predominó en la república.

 

Epílogo

 

Hasta aquí el breve esbozo de la vida y la obra de un historiador positivista forjado en el movimiento liberal del siglo xix venezolano, intelectual orgánico de las nuevas clases sociales empeñado en colaborar en esa magna empresa intelectual de reinterpretación de toda la historia nacional de su país, para reinscribirla en el nuevo proyecto histórico generador de las modernas burguesías latinoamericanas. Convencido de la moral liberal, contraria a la corrupción y la dictadura, fue un defensor de los principios ideológicos fundamentales del liberalismo positivista, pero incapaz metodológicamente de construir una verdadera visión clasista, popular, de la historia de su patria. Compartió las buenas intenciones de la intelectualidad de una clase que no dudó en traicionar sus principios ideológicos, cuando las luchas de las clases trabajadoras pusieron en peligro sus intereses materiales.

Con todo, mucho hay de rescatable en la obra de los historiadores positivistas, en su esfuerzo pionero. Por ello, hay que tener presente su labor haciendo una permanente tarea de revaloración y revisión crítica de su obra.

 

 

Referencias bibliográficas[xvi]

Carbonell, Diego:

1943. Escuelas de historia de América, Buenos Aires, Imprenta López.

Gil Fortoul, José:

1916. El hambre y la historia, Madrid, Editorial América, Biblioteca de Ciencias Políticas y Sociales, 214 pp.

1953. Obras completas, I.- Historia constitucional de Venezuela, 4ª ed., Caracas, Ministerio de Educación, Dirección de Cultura y Bellas Artes, 740 pp. y lám.

Hurtado Leña, Miguel y otros:

1961. El concepto de la historia en José Gil Fortoul, Advertencia de JM Siso Martínez, Introducción de Germán Carrera Damas, Universidad Central de Venezuela, Facultad de Humanidades y Educación, Escuela de Historia, Seminario de Historia de la Historiografía Venezolana, Caracas.

Rondón Márquez, Rafael Ángel:

1952  Guzmán Blanco, el autócrata civilizador, Parábola de los partidos políticos tradicionales en la historia de Venezuela, Datos para cien años de historia nacional, 2 tomos, 2a edición, Imprenta García Vicente, Madrid.

Sánchez, Luis Alberto:

1955    Breve historia de América, Losada, Buenos Aires

Siso Martínez, J. M.:

1968. Ciento cincuenta años de vida republicana, Ministerio de Educación, Dirección Técnica, Departamento de Publicaciones, Caracas.

Zea, Leopoldo:

1949  Dos etapas del pensamiento en Hispanoamérica: del romanticismo al positivismo, El Colegio de México, México.

 

© Derechos registrados por el autor

 Versión revisada del artículo con el mismo título aparecido en la revista Antropología e historia. Boletín del Instituto Nacional de Antropología e Historia, México, ép. iii, abril-junio de 1980, núm. 30, pp. 49-56.


Notas 

[i] Rondón 1952: 242.

[ii] Zea 1949: 45.

[iii] Hurtado y otros, 1961.

[iv] Cit. en Hurtado, 1961: 17.

[v] Gil Fortoul, 1916: 140.

[vi] Cit. en Hurtado 1961.

[vii] Cit. en Hurtado 1961: 43.

[viii] Cit. en Hurtado, 1961: 44.

[ix] Gil Fortoul 1953: 35.

[x] Cit. en Hurtado, 1961: 75.

[xi] Gil Fortoul 1916: 32 y 35.

[xii] Ibíd.: 114.

[xiii] Ibíd.: 141.

[xiv] Ibíd.: 153.

[xv] Gil Fortoul, 1953: 30

[xvi] Estas obras pueden ser localizadas en la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México, en la Biblioteca Isidro Fabela y en la Embajada de Venezuela en México.